Sentitzen dugu, baina sarrera hau Castellano bakarrik dago.
Tras la exitosa I Conferencia Estatal por el BDS de Barcelona de 2012, los próximos días 28 y 29 de noviembre la Asociación Al Quds organiza en Málaga las II Jornadas de debate sobre la Campaña BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) contra el Apartheid Israelí.
Cartel de las II Jornadas de debate sobre el BDS contra el apartheid israelí. / Al Quds
Las II Jornadas de Debate sobre el BDS contra el apartheid israelí tendrán lugar en el Instituto de Estudios Portuarios, coorganizadas por la Asociación Al Quds y la AACID (Agencia Andaluza de Cooperación al Desarrollo), con la colaboración de la RESCOP (Red Solidaria Contra la Ocupación de Palestina). En Andalucía se desarrolla esta actividad entre otras muchas con motivo del Año Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino decretado por la ONU.
En las mesas de debate y conferencias participaran diferente ponentes de la campaña BDS a nivel nacional, así como Mahmoud Najawaa, coordinador del Comité Palestino por el Boicot (BNC), de dicho comité nace nuestro trabajo y los ejes en los que se divide el BDS. Entre otros ponentes estarán los periodistas Olga Rodríguez, Teresa Aranguren y Sergio Yahni (del Centro de Información Alternativa en Israel), la arabista Luz Gómez, y los juristas expertos en Derecho Internacional David Bondía, director del Instituto de Derechos Humanos de Cataluña (IDHC), Raji Sourani, director del Centro Palestino por los Derechos Humanos (PCHR), y Lucía Coconi.
Para analizar las distintas vías del boicot (cultural, académico, deportivo, económico e institucional/sindical) se contarán con varias mesas y talleres organizados por diferentes personas de grupos pertenecientes a la RESCOP. Para profundizar en el trabajo referente a las Desinversiones y las Sanciones, que apunta a los gobiernos occidentales y la responsabilidad internacional, participará la europarlamentaria de Podemos Teresa Rodríguez, la diputada provincial Engracia Rivera de IU, y Diego Cañamero, secretario general del SAT.
El primer encuentro estatal de este estilo tuvo lugar en Barcelona en octubre de 2012. En esta ocasión se celebrará el 29 de noviembre con motivo del Día Internacional de Solidaridad con Palestina. Las jornadas son abiertas, y puede asistir libremente cualquier persona interesada.
Programa e inscripciones
La entrada es libre y gratuita, pero si te inscribes, la organización podrá prepararte una bolsa con material de bienvenida, así como apuntarte a los talleres de BDS que coordinará la RESCOP. Accede a este formulario de inscripción para hacerlo.
Puedes consultar en la página de las II Jornadas BDS el programa completo.
Programa de las II #JornadasBDS de Málaga el 28 y 29 de noviembre. Haz clic en la imagen para ampliar. / Asociación Al Quds
Viernes 28 de noviembre
10h: Presentación de las Jornadas
Miguel Antonio García Grassot, presidente de la Asociación Al Quds de Solidaridad con los Pueblos del Mundo Árabe.
Magali Thill, coordinadora de la Red Solidaria Contra la Ocupación de Palestina (RESCOP).
Enrique Pablo Centella, director de la Agencia Andaluza de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AACID).
12h: La campaña BDS como estrategia de lucha contra la ocupación
Mahmoud Nawajaa, coordinador general del Comité Nacional Palestino para el Boicot (BNC).
Sergio Yahni, periodista, codirector del Centro de Información Alternativa (AIC, organización palestino-israelí).
16h: La campaña BDS en el Estado español: Redes y estrategias comunes
Modera: Coordinadora Andalucía con Palestina.
Magali Thill, coordinadora RESCOP: El BDS en el Estado español. Boicot comercial.
Jorge Sánchez, BDS Catalunya: El boicot institucional y cultural.
Héctor Grad, UNED, miembro de la Red Internacional de Judíos Antisionistas (IJAN): El boicot académico.
18h: La ocupación contada por los medios: Legitimidad mediática y BDS
Modera Lola Fernández, Sindicato de Periodistas de Andalucía – Federación estatal de Sindicatos de Periodistas (SPA-FeSP).
El mundo árabe tiene una historia propia de boicot a Israel que condiciona el actual desarrollo en sus sociedades del movimiento de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS), nacido en 2005 de un llamamiento de 172 asociaciones, sindicatos, organizaciones y partidos palestinos. Esta experiencia distinta tiene dos precedentes: el boicot comercial y financiero a Israel decretado por la Liga Árabe en 1948 y la lucha contra las políticas de «normalización» de Israel posteriores a los Acuerdos de Oslo de 1993. Estos dos hechos comparten la misma dialéctica no resuelta característica de la historia poscolonial de la región, marcada por la tensión entre las pulsiones panarabistas y los intereses estatales. En todos los países árabes la «cuestión palestina» ha sido a la vez un asunto de política interior, interárabe e internacional. Puede pesar como un lastre o ser un impulso, pero es una realidad que determina la estrategia árabe dentro del llamamiento global del BDS.
Junto a ello, las revueltas árabes en curso han introducido un factor nuevo en la marcha de la solidaridad con Palestina en el mundo árabe. Los levantamientos pacíficos han sacado a la luz el potencial del activismo civil frente a la hipocresía de la política institucional, y una vez más se ha puesto en evidencia que mientras los árabes no sean dueños de su destino, Palestina no lo será del suyo, y viceversa.
Grafiti en una calle de Egipto de un dibujo de Carlos Latuff.
El boicot de la Liga Árabe: de la Nakba a Camp David
En octubre de 1945, al poco de su creación, la Liga Árabe apoyó de manera expresa el llamamiento al boicot a los productos y servicios sionistas promovido en los años treinta por los líderes palestinos, y unos meses después lo amplió al comercio directo entre cualquier país miembro y las entidades sionistas asentadas en Palestina. Tras la creación del Estado de Israel en 1948, se formalizó el boicot contra el Estado de Israel propiamente dicho. En 1950 la Asamblea de la Liga Árabe (resolución 314) amplió el boicot en su forma original prohibiendo toda relación económica y comercial con terceros que tuvieran relación con Israel. Resulta por ello habitual que se hable de tres niveles de boicot, o boicot primario, secundario y terciario, si bien, según cuenta Nancy Turck, este lenguaje propio de la política norteamericana fue desconocido entre los árabes hasta la década de 1970 [2], cuando el boicot comenzó a preocupar en los círculos económicos occidentales y a discutirse con sus contrapartes árabes. Como se verá, la adopción árabe de este vocabulario fue pareja a la desintegración del boicot real, relativizado por la lógica de los «niveles».
Siguiendo la formulación de los tres niveles, hoy estándar, se denomina boicot primario al que prohíbe toda transacción e intercambio directos entre los países árabes o sus nacionales e Israel y los suyos. El boicot secundario afecta a cualquier compañía o persona de cualquier país cuyos tratos con Israel supongan el fortalecimiento económico y militar de éste. En un tercer nivel, se prohíbe a toda empresa extranjera que opere en el mundo árabe el uso de materiales, equipamiento y servicios de firmas objeto del boicot.
La Liga Árabe concebía el boicot como una estrategia política de presión internacional en el marco de la guerra no cerrada con Israel, pues cabe recordar que el armisticio de 1949 no supuso la paz oficial entre los contendientes, sino el fin de las hostilidades armadas. Para la coordinación y seguimiento del boicot se creó en 1951 la Oficina Central del Boicot (OCB), con sede en Damasco y sucursales en las capitales árabes. En reuniones semestrales se establecían las directrices comunes, que no eran vinculantes, sino que luego se formalizaban según los diversos intereses nacionales. Una de las principales iniciativas de la OCB fue la elaboración de una «lista negra» de empresas que incumplían el boicot, generalmente a partir de las respuestas a un cuestionario que la OCB enviaba a las firmas interesadas en invertir en algún país árabe: Ford, Xerox, Topps o Miles Laboratories son algunas de las que figuraron en ella. Sin embargo, la «lista negra» no era unitaria sino estatal, y cada empresa tenía que satisfacer los protocolos locales. Así, por ejemplo, en los años setenta era imposible encontrar Coca-Cola en Egipto, Siria, Kuwait o Irak, mientras que era un producto común en Túnez o Marruecos. Es más, Argelia, Marruecos, Mauritania, Túnez y Sudán nunca elaboraron «listas negras», y en la práctica solo siguieron el boicot primario. Por el contrario, Kuwait era uno de los países más estrictos en la aplicación del boicot. El secretismo de la OCB, la descoordinación y la falta de objetivos vinculantes lastraron desde un primer momento la efectividad del boicot proyectado por la Liga Árabe. Y sobre todo, impidieron que el mundo entendiera por qué el boicot y el aislamiento de Israel eran legítimos.
Por otro lado, muy pronto se vio la dificultad de implementar el llamado «boicot terciario», que, como mucho, quedó reducido a los grandes proyectos de infraestructuras. También hubo excepciones legales, como la exención del boicot en las transacciones Gobierno-Gobierno, que permitía a los Estados árabes comprar equipamiento militar a las mismas compañías que proveían a Israel, o la excepción generalizada del boicot en el ámbito del turismo. Con todo, la llamada al boicot, con su simbolismo, fue respaldada a su vez por el Movimiento de los No Alineados en los años sesenta, y luego por la Organización de la Conferencia Islámica, y si bien sus resultados han sido más bien pobres en el terreno económico, en el político no ha dejado de tener trascendencia hasta la actualidad.
Ni Estados Unidos ni Israel, los principales afectados, parecieron preocuparse en exceso por el boicot hasta la crisis del petróleo de 1973. Isaac Rabin, primer ministro de Israel, dedicó al asunto una minuciosa exposición ante el Parlamento israelí en 1975, en la cual alertaba sobre las nefastas consecuencias del mantenimiento del boicot para las inversiones extranjeras en Israel. Pero de cara a la opinión pública ese mismo año Chaim Bar-Lev, ministro de Comercio e Industria, negaba la evidencia en una visita a Washington: «El boicot árabe no significa nada para nosotros. No afecta en absoluto a Israel» [3]. En 2014, ya en los tiempos del BDS, hemos podido escuchar una frase igual de displicente en boca del actual ministro de Economía, Naftali Bennett: «Más vale un boicot que la creación de un Estado palestino» [4].
El cambio en los equilibrios internacionales que supuso la utilización del petróleo como arma política por parte de la OPEP afectó de manera decisiva al boicot tal cual venía practicándose. El alza de los precios disparó los ingresos de los Estados árabes productores, convertidos de repente en atractivos consumidores para las empresas norteamericanas: EEUU pasó de 1.000 millones de dólares en exportaciones a países árabes en 1971 a 5.400 millones en 1975 y 6.900 millones en 1976 [5]. Para allanar el camino a sus empresas, el Gobierno norteamericano decidió, tras varias normativas parciales que se remontaban a 1959 y 1965, promulgar una legislación antiboicot. No faltó en ello el acostumbrado argumentario moral, que acusaba al boicot de la Liga Árabe de antisemita, afirmando que se regía por criterios étnicos y religiosos; como prueba, se aducían lecturas torticeras o malas traducciones de los protocolos en árabe, como la traducción del término «sionista» por «judío» o «hebreo». Nancy Turck concluía en su informe para la revista Foreing Affairs:
«Los “Principios Generales para el Boicot a Israel”, un compendio de regulaciones sobre el boicot publicado por el OCB, no contienen criterio alguno para el boicot basado en el origen étnico o religioso, y a lo más que se llega es a definir el sionismo en el contexto del apoyo económico y político a Israel». [6]
Finalmente, en 1979 la Administración Carter incluyó la normativa antiboicot en la Ley para la Administración de las Exportaciones, que declaraba ilegal y sancionaba por la vía civil y criminal a las empresas que participaran en un boicot no patrocinado por EEUU. Algunas, como McDonald’s, prefirieron pagar las multas antes que perder sus mercados árabes. Se calcula que hacia 2005, EEUU había recaudado 26,5 millones de dólares en sanciones [7]. Pero en líneas generales la presión norteamericana surtió efecto y la supervisión árabe se relajó. Además, el boicot pasó a formar parte de la agenda política norteamericana, y el Congreso encargó periódicamente informes de seguimiento a la unidad de Comercio y Finanzas Internacionales de su Servicio de Investigación, algunos de los cuales solo se han conocido gracias a WikiLeaks.
Europa, que nunca llegó a legislar en esta materia a la manera de EEUU, no se vio presionada por los intereses encontrados de sus empresas, que hasta más tarde no se involucraron a fondo en el mercado israelí. Pero a fecha de hoy la UE es el principal importador de productos israelíes (más de 14.000 millones de dólares en 2012, frente a los 11.000 millones de EEUU) y el primer proveedor de Israel (que importó 22.000 millones de dólares de la UE y 8.000 millones de EEUU). En este nuevo contexto, en el Parlamento Europeo se han promovido recientemente algunas iniciativas, si bien minoritarias, solicitando que la UE se alinee con EEUU y presione a sus socios árabes. Lo resume una pregunta parlamentaria de febrero de 2013 a la Comisión:
«1. ¿Cuál es la postura de la Vicepresidenta/Alta Representante en relación con la imposición del boicot de la Liga Árabe a Israel, que es un país democrático y amistoso, además de un socio comercial habitual de la UE?
2. ¿Qué medidas ha tomado ya la Vicepresidenta/Alta Representante para debatir este asunto con la Liga Árabe?
3. ¿Está dispuesta la Vicepresidenta/Alta Representante a cooperar con el Gobierno de los Estados Unidos para exigir que se ponga fin oficialmente al boicot?»
Sin embargo, en un sentido político más amplio el boicot de la Liga Árabe murió, como tantas otras cosas, con la firma de los Acuerdos de Paz entre Egipto e Israel en 1978. En Camp David se enterró el sueño unitario árabe, que en buena medida se había forjado en la lucha contra Israel. Y aunque Egipto fue expulsado de la Liga Árabe, la década de 1980 fue testigo de la práctica disolución del boicot como arma de presión económica y política. El boicot fue quedando reducido a una retórica versión primaria en boca de los gobernantes árabes: resultaba difícil liquidarlo sin que se viera afectada la imagen de soberanía de los Estados, que seguían sin establecer relaciones diplomáticas con Israel. El alzamiento palestino de la Primera Intifada y el llamamiento de los líderes del interior al boicot comercial, fiscal y funcionarial en los Territorios Ocupados [8] no cambió esta dinámica. En el mundo árabe los ochenta fueron los años del boicot sin boicot. O del chocolate Nestlé sin fronteras: ¡por fin se vendía en Riad y en Tel Aviv!
«Normalización se deletrea O-s-l-o»
Edward Said tituló un artículo publicado en Haaretz el 11 de octubre de 1998 «Apartheid se deletrea O-s-l-o». Igual podría decirse de la «normalización». Son las dos caras de la moneda de Oslo: apartheid para Palestina, normalización para Israel. En árabe, la expresión que se utiliza para «normalización» es todavía más ajustada: tatbii, esto es, «naturalización». La «normalización» pretende borrar la historia, el derecho internacional y la noción misma de justicia para consagrar a nivel internacional el estado de cosas interno: la ocupación y el régimen de apartheid. La normalización, además, convierte a Israel en un socio legítimo, cuando no indispensable, en la región.
Como se vio a reglón seguido de los Acuerdos de Paz de Oslo (1993), la estrategia israelí de «normalización» estaba meticulosamente diseñada. Para Israel, acabar con su aislamiento regional significaba en primera instancia introducirse en los mercados árabes como proveedor de alta tecnología y bienes de equipo, toda vez que la crisis de los años ochenta había mostrado la debilidad estructural de su economía. Lester Thurow, economista estadounidense, lo explicaba así tan solo unos meses antes de Oslo:
«Los que en la región no producen petróleo deberán fabricar bienes para los que producen petróleo. Israel debería llevar a la mesa de intercambio tecnología, industrias de categoría intermedia y capacidad de organización. Pero nada de eso pude ocurrir si antes no se solucionan las disputas en el mundo árabe e Israel». [9]
Esto ya se venía ensayando con Egipto: en 1992 Egipto exportó a Israel por valor de 967 millones de libras (sobre todo petróleo, y en segundo lugar productos agrícolas) e importó por valor de 41 millones (fundamentalmente semillas, fertilizantes y material de regadío). En un mercado occidental globalizado, la economía israelí, aislada en Oriente Próximo, amenazaba con convertirse en una carga para sus socios, o peor aún, con ser superflua.
En mayo de 1994 el Gobierno israelí y la naciente Autoridad Nacional Palestina (ANP) firmaron el Protocolo de París, que regulaba el marco de las relaciones económicas y financieras entre Israel y los territorios gestionados por la ANP. Si bien previsto para un periodo transitorio de cinco años, sigue en vigor en la actualidad, y en 2012 la ANP pidió formalmente a Israel su renegociación. Es un ejemplo más de la perpetuación de la transitoriedad y las asimetrías de Oslo. Por otra parte, en octubre de 1994, Jordania firmó su tratado de paz con Israel, y cuatro meses después los grandes hombres de negocios egipcios, jordanos, norteamericanos y palestinos acordaron en la Declaración de Taba «aunar esfuerzos para acabar con el boicot a Israel» [10].
El Protocolo de París supedita la economía palestina a Israel, que controla el agua, la tierra y las fronteras, y la somete a la supervisión del FMI y el Banco Mundial, de los que depende la ANP para seguir recibiendo la ayuda financiera de los países donantes. Los fondos de ayuda estadounidenses y europeos han servido para promover proyectos de normalización económica, que alimentan las relaciones de poder desiguales y mantienen la ficción de las negociaciones de «paz». Un macroproyecto paradigmático es el llamado «Corredor de la Paz». Comprende un ferrocarril Jordania-Yenín-Haifa, un canal para unir el mar Muerto y el mar Rojo y la construcción de infraestructuras turísticas regionales, pensadas sobre todo para los árabes de los países del Golfo y que constituyen una seria amenaza para el precario ecosistema de la zona. Por el Corredor de la Paz se pretende que circulen los productos de las Zonas Industriales Cualificadas (ZIC), el plan estrella de la normalización.
Para la puesta en marcha de las ZIC se precisó la implicación directa del Gobierno de EEUU. Las ZIC, situadas en zonas estratégicas de Egipto, Jordania y Cisjordania, han atraído industrias deslocalizadas de la región, con el consiguiente perjuicio para las economías locales, y han introducido la tecnología punta israelí, de la que ahora dependen. Las mercancías de las ZIC llevan la etiqueta «made in Jordan» o «made in Palestine», subterfugio que en el mundo árabe facilita la circulación de productos israelíes susceptibles de ser boicoteados por la población. Hay que añadir que esta producción penetra libre de aranceles en el mercado norteamericano, de modo que el resto de la exportación regional no puede competir con ella.
También a escala internacional no árabe la normalización ha reportado notables beneficios a Israel. Destacan las inversiones de Japón (en el pasado uno de los países más escrupulosos en el cumplimiento del boicot de la Liga Árabe) en las industrias automovilística y electrónica, que han contribuido a la bajada de los precios de numerosos bienes de consumo en Israel.
En este contexto de desintegración generalizada del espíritu y la forma del boicot de 1948, la propia Liga Árabe, que en su origen lo había concebido como una estrategia política en la lucha común contra el sionismo, pasó a considerarlo en función del proyecto de consecución de un Estado palestino independiente en las fronteras de 1967, con Jerusalén Oriental como capital. Los países del Consejo de Cooperación del Golfo (Kuwait, Bahréin, Catar, Omán, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí) anunciaron su renuncia formal al boicot secundario y terciario tras la firma del Tratado de Paz Jordano-Israelí. Y muy pronto Catar, Omán y Marruecos establecieron relaciones comerciales directas con Israel. Entre 1993 y 2001 la Oficina Central del Boicot no se reunió. Cuando lo hizo en 2004, bajo la presión de la Segunda Intifada, asistieron 19 Estados, y faltaron Egipto, Jordania y Mauritania, los tres países que, junto con Marruecos y Túnez, ya habían establecido relaciones diplomáticas con Israel.
Aunque a raíz de la Segunda Intifada pareció que las nefastas políticas árabes de normalización iban a dar un vuelco, lo cierto es que todo se quedó en el terreno de los buenos propósitos. La Liga Árabe aprobó en 2003 una resolución llamando a intensificar el desvaído boicot (solo Líbano seguía manteniéndolo de hecho en los tres niveles), pero con escaso éxito: en el primer semestre de 2004 el comercio árabe con Israel creció un 47%, y esto sin incluir el negocio a través de países intermediarios como Chipre [11]. En 2007 la OCB volvió a reunirse (esta vez con la participación de 14 Estados, 5 menos que en 2004) y propuso que se reactivara el mecanismo de las listas negras, pero ningún país, salvo Siria, se manifestó dispuesto a asumir las consecuencias inmediatas, como por ejemplo romper con Nestlé.
En la actualidad la Liga Árabe sigue manteniendo oficialmente el boicot y hasta lo incluye en el orden del día de sus plenarios. Pero en la práctica no se va más allá de las declaraciones de principios. Y aunque el lobby proisraelí de EEEUU lo sigue incluyendo entre sus prioridades, Doron Peskin, consultor israelí especializado en relaciones comerciales con el mundo árabe, lo ha resumido sin tapujos: «El boicot árabe solo existe hoy de boquilla».
Movimiento antinormalización y BDS
La respuesta de las sociedades árabes a las políticas de normalización promovidas por sus Gobiernos fue inmediata. Desde el principio se denunció el carácter transversal y hegemónico de la normalización/naturalización y se pusieron en marcha estrategias para contrarrestarla. A nivel popular, arraigó el boicot al consumo de productos israelíes, y tras la Segunda Intifada aumentó además el rechazo a las multinacionales que los ciudadanos relacionaban con el conflicto: en Mascate, por ejemplo, los directivos de McDonald’s y KFC reconocieron que la Intifada había influido en la caída de sus ingresos en 2002 [12]. A nivel organizativo, se constituyeron los llamados «movimientos antinormalización», que abrieron un camino en el mundo árabe a lo que luego sería el movimiento BDS global. Su historia anticipa, en buena medida, la del BDS.
El movimiento antinormalización jordano fue pionero. Hisham Bustani, uno de sus fundadores y destacado militante de izquierda, definió en 1996 la lucha contra la normalización como: «el rechazo a establecer trato o relación con ningún individuo, compañía, institución o producto sionista (sea político, comercial, personal, cultural, turístico, etc.)» [13]. El movimiento antinormalización jordano preludió formas de organización posteriores al incorporar a distintos sectores cívicos. Su motor fue la Unión de Asociaciones Profesionales, y en el organigrama del Comité Nacional Anti-Normalización (NANC, por sus siglas en inglés) se integraron la Asociación Jordana de Escritores, la Asociación de la Prensa Jordana, la Asociación para la Protección de los Consumidores, la Asociación de Cambistas, las Cámaras de Comercio e Industria, asociaciones de mujeres, movimientos estudiantiles de izquierda, sindicatos y partidos políticos islamistas y nacionalistas. Hasta hoy en el NANC se conjugan intereses económicos, políticos y estratégicos, pero existen distintos comités sectoriales con sus propios mecanismos de actuación para denunciar los casos de normalización, prevenirlos o neutralizarlos.
Este modelo se siguió pronto en Egipto, el otro país objeto preferente de la normalización. Y desde finales de la década de 1990 Argelia, Líbano, Túnez, Omán, Bahréin y Marruecos han creado también sus gestoras de coordinación de actividades antinormalización. Aunque a nivel interárabe se echa en falta una estrategia conjunta, a escala internacional los movimientos antinormalización han sabido integrarse en los foros antiglobalización. Ya en 2001 el movimiento antinormalización jordano denunció en el Foro Social de Génova los intereses hegemónicos sobre la región del proyecto colonial israelí, y desde entonces los distintos movimientos antinormalización se han ido sumando al Foro Social Mundial, situando la lucha contra la normalización en la dimensión altermundista en la que cobra pleno sentido.
A diferencia del boicot de la Liga Árabe (centralizado, secretista, protocolario, volcado en la acción exterior), el movimiento antinormalización era y es centrífugo, abierto, horizontal y se dirige a las sociedades árabes. Son características que comparte con el movimiento BDS, fruto del llamamiento palestino de 2005. Al igual que en el caso del BDS, su penetración entre los grupos de base y sindicales ha sido notable, si bien, como afirma Wissam al-Saliby, «los activistas no han sido capaces de trasladar estos logros a la política gubernamental debido a su exclusión de las altas esferas de poder y a la continua represión de los Gobiernos». Aunque esto es cierto, el movimiento BDS ha introducido sin embargo un importante giro en las prácticas antinormalización al potenciar la acción ciudadana y no privilegiar la presión política. Esto es especialmente relevante en la Campaña Palestina para el Boicot Académico y Cultural a Israel (PACBI, en sus siglas en inglés), que define la normalización en el contexto árabe y palestino como «la participación en cualquier proyecto, iniciativa o actividad, en Palestina o en el ámbito internacional, que pretenda implícita o explícitamente reunir a palestinos (y/o árabes) e israelíes (personas o instituciones) con cualquier objetivo que no sea denunciar y resistir a la ocupación israelí y a todas las formas de discriminación y opresión contra el pueblo palestino».
Pero mientras que el ideario del BDS apela al derecho internacional y a la legalidad y deja muy claro que se dirige contra Israel y sus instituciones y empresas y no contra sus ciudadanos, los movimientos antinormalización se han caracterizado siempre por su radicalidad, hasta el punto de que hay sectores antinormalizadores muy críticos con la campaña BDS por las limitaciones programáticas que impone. Por ejemplo, buena parte de los militantes antinormalización se niegan a toda participación conjunta en proyectos de resistencia con ciudadanos israelíes.
BDS y antinormalización son iniciativas que tienen estrategias diferentes, pero en buena medida confluyen en sus objetivos, y muchas de las acciones del BDS en el actual contexto árabe coinciden con las propias de los movimientos antinormalización. En concreto, se enfrentan a una serie de desafíos:
Vincular los objetivos del boicot económico y comercial a los de la integración árabe, especialmente en dos sentidos: mostrando a los poderes públicos que el boicot a los productos de las colonias israelíes no perjudica a la economía de cada país siempre que la política arancelaria interárabe se flexibilice y promueva la circulación de mercancías; y aprovechando la puesta en marcha de una nueva legislación de boicot para armonizar las distintas normativas estatales, a la manera de lo que está sucediendo en la UE con la exclusión de las colonias del tratado de libre comercio UE-Israel.
Romper la dinámica histórica del boicot árabe centrado en el comercio y ampliar la gama de objetivos. El boicot cultural es una de las asignaturas pendientes en el mundo árabe, y, como analiza Sami Jitan a propósito de la visita del Cirque du Soleil a Ammán en el verano de 2012, de las más difíciles de aprobar dado el grado de snobismo de las élites de la región en el consumo de cultura globalizada.
Abrir la organización de los comités para integrar a otros colectivos. Fue así como nacieron los grupos BDS de Marruecos, en concreto el de Casablanca y el de Marrakech, aunque sus actividades se centran más en la denuncia de las relaciones fluidas entre Marruecos e Israel que en la puesta en marcha de campañas específicas de BDS. También existen grupos propiamente BDS en Líbano, sobre todo implicados en una continua actualización de la normativa estatal sobre boicot. Otros, como los de Catar o Kuwait, se presentan de manera indistinta como «antinormalización» y «BDS». Un caso particular es el de Egipto, donde la solidaridad con Palestina puesta en marcha a raíz de la Segunda Intifada incorporó al movimiento antinormalización a grupos y personas hasta entonces ajenos. Este capital humano ha sido fundamental para sostener el activismo del actual BDS, en la medida en que sus reivindicaciones (por ejemplo en lo referido a la denuncia de los acuerdos energéticos para el comercio de gas con Israel) encajan en el marco general de las reivindicaciones de la revolución de 2011.
Incorporar al ciudadano no ideologizado o bien activista en otros frentes, a objetivos concretos del boicot. Una campaña novedosa en este sentido ha sido la lanzada recientemente en las redes sociales contra las autoridades saudíes por contratar servicios y equipamiento de seguridad del grupo G4S para La Meca, cuando el BDS hace años que denuncia a G4S por su complicidad con el sistema represivo israelí.
Evitar la manipulación política del BDS. Es un reto decisivo en el caso de los sindicatos árabes, perdidos en una retórica estéril, cuando no hipócrita: Kamal Abu Aita, ex representante de la Federación de Sindicatos Independientes Egipcios, anunciaba en el verano de 2011 en un discurso en Londres ante simpatizantes del BDS que la Federación había acordado boicotear a todos los sindicatos y organismos oficiales israelíes, y llamaba «al movimiento sindical internacional a cortar lazos con el Histadrut y a apoyar a la Coalición de Sindicatos Palestinos por el BDS». En 2013, Abu Aita se convirtió en ministro de Recursos Humanos y Trabajo en el Gobierno formado tras el golpe de Estado que derrocó al presidente Morsi, y que se ha caracterizado, entre otras cosas, por la fluidez de sus relaciones con Israel y la persecución de los gazauíes en Egipto.
Reconducir la dependencia de campañas promovidas desde el exterior hacia una mayor iniciativa propia que retroalimente la efectividad del BDS en las sociedades árabes. Un logro agridulce en esta línea es la marcha atrás del Gobierno de los EAU a la apertura de una sucursal en Dubái de la cadena de joyerías de Lev Leviev, lograda gracias a la presión de la asociación de derechos humanos Adalah-New York.
Recuperar el liderazgo del discurso anticolonialista, que, cada vez más, está siendo protagonizado por los activistas occidentales, y vincularlo con el sentido del BDS. Es una cuestión delicada y difícil de encauzar en la actual situación política y social árabe. A pesar de ello, hay actuaciones que solo pueden partir de las sociedades árabes, y que por desgracia no reciben la misma atención que otras similares promovidas desde EEUU o Europa, lo que es un claro síntoma de imperialismo cultural aplicado en este caso a la solidaridad con Palestina. En este sentido, apenas han trascendido las presiones de músicos, actores y escritores árabes al Gobierno militar egipcio, que en mayo de 2012 lograron que se abriera el paso de Rafah y ese año pudiera celebrarse en Gaza el Festival Palestino de Literatura.
Coordinar la respuesta a las estrategias antiboicot. El terreno académico y cultural es especialmente indicado: una campaña de promoción árabe bien estructurada podría combatir la «marca Israel», con la que el Estado israelí pretende difundir una imagen de potencia cultural y científica ajena a la ocupación y el apartheid. Un buen punto de partida son los artistas árabes de fama internacional que vienen participando en la difusión del boicot, como la escritora egipcia Ahdaf Soueif, la cantante palestina Reem Kelani, el compositor libanés Marcel Khalife o el director cinematográfico palestino Elia Suleiman.
El momento es decisivo. Las revueltas árabes han recordado la centralidad de la causa palestina en la reivindicación de dignidad, justicia social y libertad de los pueblos árabes. Durante los alzamientos populares de 2011, en ninguna manifestación de Túnez, Egipto, Yemen, Bahréin o Siria faltaron los llamamientos en favor de Palestina. Sin embargo, cabe el riesgo de que la deriva nacional de cada revolución lastre las estrategias globales en que se fundamenta el actual movimiento BDS. A comienzos de 2014 la persecución de los refugiados palestinos en Siria y su criminalización en Egipto nos recuerdan, una vez más, que los palestinos son moneda de cambio en las políticas nacionales árabes y que de los viejos poderes no cabe esperar nada. Es la prueba de la estrecha relación que hay entre el movimiento BDS y los demandas de apertura democrática de los ciudadanos árabes.
Notas:
[1] Este artículo es una versión ampliada del capítulo correspondiente del libro: Luz Gómez (ed.): BDS por Palestina. El boicot a la ocupación y el apartheid israelíes, Madrid, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2014.
[2] Nancy Turck: «The Arab boycott of Israel», Foreing Affairs, 55 (1977), p. 472.
[3] Ibíd. p. 473.
[4] Le Monde, 29.1.2014.
[5] N. Turck, art. cit., p. 485.
[6] Ibíd. p. 480.
[7] Grassroots Palestinian Anti-Apartheid Wall Campaign: Towards a Global Movement: A framework for today’s anti-apartheid activism, 2007, p. 20.
[8] Comité de Solidaridad con la Causa Árabe, Intifada. La voz del levantamiento palestino, Tafalla, Txalaparta, 1991, pp. 211-217.
[9] Lester Thurow: Head to Head. The Comming Economic Battle Among Japan, Europe, and America, Nueva York, Warner Books, 1993, apud. «Israel se globaliza. Las claves económicas ocultas de Oslo», Nación Árabe, 38 (1999), p. 104.
[10] «Taba Declaration» en Business America, 116/3 (1995), p. 8.
[11] Grassroots Palestinian…, art. cit., p. 25.
[12] Ibíd. p. 28.
[13] Loles Oliván: «El movimiento antinormalización en Jordania», Nación Árabe, 45 (2001), p.128.
Luz Gómez es profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid. Es autora, entre otras obras, de Diccionario de islam e islamismo (Madrid, Espasa, 2009). Recientemente ha editado el volumen colectivo BDS por Palestina. El boicot a la ocupación y el apartheid israelíes (Madrid, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2014).
Entrevista de Carlos Pérez Cruz a Luz Gómez en su blog Todos los caminos están cerrados, y transcrita para El Asombrario & Co. Luz Gómez acaba de editar el libro BDS por Palestina con Ediciones del Oriente y del Mediterráneo sobre la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones contra la política de ocupación ilegal de territorios y el apartheid de la población palestina ejercidos por los gobiernos del Estado israelí.
Al margen del cinismo político, la sociedad se moviliza. La tragedia palestina sigue su curso ante la indiferencia cómplice de los Estados; la ocupación israelí avanza al igual que lo hace el muro en Cisjordania; Gaza continúa bloqueada y bajo asedio; los refugiados siguen siéndolo desde hace 66 años mientras a diario se suman más palestinos a esa condición; Israel practica políticas de apartheid en Territorios Ocupados y discrimina a los palestinos que viven dentro de su Estado… A punto de morir las enésimas conversaciones auspiciadas por la administración estadounidense (o de renovarse, otra forma de morir), la sociedad civil articula su respuesta a través del movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones). Luz Gómez, profesora titular de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Autónoma de Madrid (Premio Nacional de Traducción 2012), coordina la publicación de BDS por Palestina [Ediciones del Oriente y del Mediterráneo], libro que recopila diversos artículos, documentos y entrevistas que explican los fundamentos y motivaciones de esta acción no violenta contra las políticas de Israel.
Luz Gómez / El Asombrario & Co. (Carlos Pérez Cruz)
“El BDS es un movimiento cívico no violento que promueve el boicot, la desinversión y las sanciones a Israel mientras prosiga con la ocupación y el apartheid”. O sea, que va para largo.
Sí. Lo ideal sería que acabase dentro de unos meses, ese es el fin último de la campaña de boicot, dejar de tener que ser necesaria, pero me temo que no, y más en estos días en que estamos viendo que las llamadas negociaciones y el proceso de paz previsiblemente van a acelerar la desintegración de la Autoridad Nacional mientras el cumplimiento de las demandas históricas de las sociedad palestina, reconocidas por el derecho internacional, se alejan todavía un poco más.
“Responde a un llamamiento de la sociedad civil palestina”. Es un detalle que puede parecer irrelevante pero en el que se hace hincapié. ¿Por qué?
Eso es muy importante, de las cuestiones más interesantes del movimiento BDS. El llamamiento al BDS nace de los propios palestinos y son ellos los que nos invitan a los que estamos fuera de Palestina, los que nos dicen qué podemos hacer, los que coordinan entre nosotros las campañas y las acciones. Nos enseña sobre todo que las iniciativas que vienen desde dentro de la sociedad palestina tienen una mayor trascendencia y trayectoria en términos de eficacia y solidaridad, pues están por encima de coyunturas políticas, a diferencia de los proyectos que hemos conocido durante la pasada década de las ONG y de grupos de distinto tipo, la mayoría desparecidos con la crisis y la falta de financiación. Es importante también porque rompe con determinados prejuicios que existen, incluso entre quienes miran con simpatía al mundo árabe, una suerte de mirada orientalista de los occidentales bienintencionados en la que intentamos imponer nuestras soluciones, dar nuestros consejos, sin escuchar y sin tener en cuenta que los que mejor saben lo que necesitan son los palestinos.
El BDS “tiene tres objetivos: el fin de la ocupación de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental; el cumplimiento del derecho al retorno de los refugiados; y la consecución de una ciudadanía igualitaria para los palestinos de Israel”. ¿Objetivos irrenunciables? ¿Factibles?
Desde luego, son irrenunciables porque sin ellos no hay justicia. Y si no hay justicia no hay solución. Lo dice Raji Sourani [director del Centro Palestino de Derechos Humanos en Gaza], sin justicia la solución es imposible. También hay que decir que el BDS no da soluciones a cómo tenga que ser el Estado palestino, a si habrá dos Estados o un solo Estado binacional o un solo Estado sin diferenciaciones nacionales. Lo que pide es que se cumpla con el derecho internacional, y esto significa que acabe la ocupación de los Territorios Ocupados, tanto de Gaza como de Cisjordania como de Jerusalén Oriental, que la ciudadanía israelí sea igualitaria para los ciudadanos árabes de su Estado, pero también que acabe el apartheid que está practicando el gobierno israelí en Cisjordania a través de toda la legislación que se aplica a los ciudadanos palestinos, y que se cumpla con el derecho de los refugiados palestinos a volver a sus tierras, a sus casas, y a ser recompensados por todos estos años de desposesión. Sin eso, que es justicia ni más ni menos, que es pedir que se cumpla la legalidad y que la justicia impere, no puede haber solución. Son mínimos. A partir de ahí cómo se vehicule el futuro Estado, cómo se gestione, está por discutir, pero no es el fin de la actual campaña BDS.
Desde la proclamación en 1948 del Estado de Israel hasta el presente ha habido guerras, intifadas, conversaciones llamadas de paz… Con independencia de los métodos, las consecuencias para los palestinos son invariables: siempre a peor. Empeoramiento de sus condiciones de vida, expansión territorial israelí y la consiguiente confiscación de tierras y de recursos naturales de las colonias, construcción del muro y consolidación de un sistema de apartheid, entre otras consecuencias. ¿Es el BDS la alternativa ciudadana a la inoperancia y el pragmatismo cínico de la política?
Yo creo que sí. Una de las características más importantes del BDS es que se articula y funciona –aunque todo sea política– al margen de la política oficial y de los cauces que hasta ahora se han venido estableciendo. El BDS es interseccional, llama a toda la población. Podemos colaborar como consumidores, como comerciantes, como productores, como profesores, como intelectuales, como artistas… Se puede participar siendo palestino o no, a nivel personal o institucional, como ciudadano de a pie o como militante… Hay distintas campañas en marcha. Este funcionamiento en red es lo que desconcierta a la política tradicional de carácter jerárquico y estructurada verticalmente. El BDS nos llama a todos. Por un lado, el boicot lo podemos practicar todos. Por otro, las sanciones son algo que tiene que ver más con la legislación y la demanda de su cumplimiento, de modo que se exija a Israel que cumpla con el derecho internacional y que si no, se le aplique la propia legislación sancionadora. En cuanto a la desinversión, se centra en la capacidad de presión política y social que ésta tiene en una economía globalizada, de modo que Israel se vea forzado a cambiar sus políticas. Boicot, sanciones y desinversión entrelazados actúan como una especie de tentáculos que afectan a distintos ámbitos e implican a actores diversos, lo cual distingue y aleja el BDS de la política tradicional de los gobiernos, pues los protagonistas primeros siempre son los ciudadanos.
El BDS no es un arma novedosa, y no sólo porque se aplicara en Sudáfrica. También los países árabes la han aplicado con anterioridad con Israel, por supuesto sus ciudadanos. De ello nos hablas en tu ensayo del libro. ¿Cómo fueron esos boicots precedentes y qué los diferencia del actual movimiento BDS?
Precisamente esto de lo que estábamos hablando. El boicot de los Estados árabes viene marcado por la Liga Árabe, pero a pesar de que ésta sea un organismo supranacional, la aplicación del boicot dependía de la legislación de cada país. Si bien en un principio, en los años 50, tuvo cierta pujanza y se implementó de manera bastante exhaustiva, con el tiempo el boicot de la Liga Árabe fue perdiendo eficacia hasta prácticamente desaparecer, especialmente a raíz de los Acuerdos de Oslo, que supusieron un punto y aparte radical en demasiadas cuestiones de la historia palestina. La palabra que resume lo que sucedió es “normalización”, esto es, el intento, bajo la batuta de Estados Unidos, de naturalizar a Israel como un Estado legítimo en su entorno regional. La reacción, sobre todo en los países vecinos (Jordania, Egipto), fue la creación de movimientos antinormalización, en cierto modo, y sólo en cierto modo, antecedentes del actual BDS. A efectos de la actual campaña BDS, en el caso árabe, a diferencia de lo que sucede en el resto del mundo, esta historia previa de boicot institucional y su reacción en los movimientos antinormalización obliga a que el BDS deba articular respuestas específicas, pues además, al menos nominalmente, siguen existiendo en casi todos los países árabes boicots estatales a Israel. Por ejemplo, la Liga Árabe lanzó en el año 2006 unas nuevas directrices para reactivar el boicot, por supuesto con poco éxito. Es una situación un tanto paradójica en la que se mezcla la política institucionalizada, jerárquica, y la política horizontal, ciudadana, y desde mi punto de vista resulta especialmente interesante para comprender las relaciones de las sociedades árabes con sus regímenes.
Damos por supuesto el apoyo de los pueblos árabes a sus hermanos palestinos, pero no es tan evidente en el caso de los gobiernos árabes por eso que se llama la realpolitik. Dices en el libro que muchas cosas murieron con los Acuerdos de Paz entre Egipto e Israel en 1978.
Sí, porque el encuentro frente a frente en Camp David de los dos líderes, el egipcio Anwar el-Sadat y israelí Menájem Beguin, no solamente es una cuestión simbólica. Supuso además un cambio radical en la estrategia política que había liderado Egipto con el nasserismo en el Movimiento de Países No Alineados y del Tercer Mundo, en los años 50-60. Es importante por la quiebra que esto supone en Egipto y también en el resto de las sociedades árabes. En Egipto la población asumió la ruptura entre régimen y sociedad. Palestina es siempre, desde mi punto de vista, el pivote que permite medir o tantear o ver hacia dónde se está inclinando el resto de la política y las sociedades árabes. Hasta los 70 el nasserismo, aunque fuera de una manera autocrática, criticable, fallida en muchos aspectos, había aunado la voluntad política con la voluntad civil de la población. A partir de Camp David eso se rompe. Palestina sigue siendo una preocupación de la ciudadanía mientras que para el gobierno egipcio se trata de una cuestión de alta política que gestiona al margen de sus ciudadanos y que continuamente le separa de ellos. Algo que se ha dicho a raíz de la revolución de 2011, pero no se ha insistido lo suficiente, y es que la segunda intifada, la intifada de Al-Aqsa del año 2000, propició un movimiento de reorganización de la sociedad civil egipcia a favor de Palestina (algo que también tuvo lugar en Siria o en Argelia, por ejemplo) que articuló a la vez la convicción de que solamente desde la movilización civil se podía cambiar algo respecto a Palestina y, por añadidura, respecto a los propios gobiernos y a la situación concreta de cada Estado árabe.
Después hablaremos de la reacción israelí al empuje del BDS pero, ¿cuáles son las estratagemas que Israel ha utilizado y utiliza, especialmente a nivel ciudadano pero también de Estados, para dificultar la aplicación práctica del boicot?
Israel tiene enorme pericia y posibilidades internacionales para atacar el boicot. Algunas estrategias son difíciles de prever, pero otras son de repertorio. La más evidente viene siendo la acusación de antisemitismo a todo el que apoye el boicot, que es fácilmente rebatible puesto que el BDS nada tiene que ver con una cuestión de raza ni de etnia ni de religión, nada que tenga que ver con el judaísmo en sí sino con las políticas de un Estado, en este caso el de Israel. Esto se viene abajo cuando hay destacadísimos judíos en todo el mundo que apoyan la campaña BDS y acusan precisamente a Israel por la utilización del antisemitismo y de la memoria histórica del Holocausto en beneficio de una política estatal y en detrimento del pueblo judío y de su historia. Ahí está por ejemplo la filósofa estadounidense Judith Butler que en el libro responde con claridad a esta acusación. Y también lo contradicen los movimientos que apoyan el boicot desde dentro de Israel, organizaciones israelíes mayoritariamente judías, como Boycott From Within, fundamentales en la campaña BDS. La acusación de racismo, que es la más burda, es la primera que saca Israel a relucir cuando se ataca cualquiera de sus políticas, no sólo mediante el BDS. Otra de las cuestiones que el gobierno de Israel esgrime es que el boicot pretende acabar con el Estado de Israel en sí, puesto que, se dice, se ahogaría su economía. Pero la campaña BDS no tiene esa intención, lo que exige es que los productos de los Territorios Ocupados, si hablamos de economía, no puedan ser tratados como productos del Estado de Israel en la misma situación de igualdad jurídica a nivel de comercio internacional. La propia legislación israelí confunde los Territorios Ocupados que están directamente bajo su jurisdicción y que ya son más del 40% de Cisjordania con territorios propios. Aunque no estén anexionados de hecho lo están en la práctica legal, pues su producción pasa como producción israelí. Por eso el boicot a los productos de los Territorios Ocupados afecta necesariamente al comercio israelí en su conjunto, es el Estado de Israel el primero para el que esas fronteras no existen. Pero el boicot no pretende privar a los ciudadanos israelíes de la posibilidad de que los productos internacionales lleguen a Israel, es decir, simplificando, los ciudadanos israelíes no van a quedar desabastecidos, Israel no va a desaparecer por inanición, por decirlo de alguna manera, sino que lo que se tiene que resentir es la economía del ciudadano israelí que elige a sus gobiernos, los mismos que profundizan en las políticas de ocupación y apartheid.
Sudáfrica no desapareció después del boicot.
No, desde luego, como no lo hará Israel, aunque sí el Israel que hoy conocemos. Las tergiversaciones fáciles son las más efectivas a nivel de la opinión internacional, y sobre todo de la opinión interna israelí, que tiene que protagonizar también un cambio radical. Esta es una cuestión muy importante que tiene que ver con el llamado campo de la paz que se dice que existe dentro de Israel, el campo comprometido con la solución de dos Estados. Otra recriminación más sutil que las anteriores es que la presión que implica el boicot, con el rechazo a dialogar con los israelíes que no denuncien directamente la ocupación y se opongan a las políticas de su gobierno, también va contra ellos. Alegan que con el boicot se rompería la posibilidad de trazar puentes pero, como responde el propio Omar Barghouti [cofundador del BDS palestino], después de casi quince años de conversaciones y de negociaciones de paz, ¿qué ha hecho el campo de la paz israelí? ¿Qué ha conseguido? ¿Dónde está? Si realmente es necesario este diálogo, y además también es posible, cambiemos las bases. Partamos de la denuncia y empecemos después a dialogar. No se puede poner en el mismo nivel a la víctima y al verdugo. Hay que reconocer cuál es el estatuto de cada uno y a partir de ahí ver si con este nuevo comienzo es posible una solución, puesto que el diálogo por el diálogo y la relación de iguales lo único que hace es justificar y legitimar el statu quo de la situación actual de ocupación y de apartheid.
BDS, Boicot, Sanciones y Desinversiones. Tres formas de acción para lograr esos objetivos antes señalados. Aunque sea en síntesis, ¿en qué se cifran esas tres formas de acción? ¿Cuáles son las líneas maestras de la acción BDS?
El boicot en sí tiene varias campañas en marcha. Hay una que es el boicot comercial a los productos de los Territorios Ocupados y en general al comercio israelí. Se trata de no consumir, no comercializar y no importar productos que vengan de las colonias, de los asentamientos en Territorios Ocupados. Por añadidura, de empresas israelíes que no distinguen entre productos producidos dentro de Israel, el de las fronteras del 67, y en la Cisjordania ocupada. Son importantes los pasos que se están dando en la legislación europea para exigir que el etiquetado deje muy claro de dónde procede cada producto. Esto facilitaría el boicot de los consumidores.
Existe también el boicot académico, que consiste en denunciar los convenios internacionales de intercambios científicos o docentes, o las actividades propias del mundo universitario, con instituciones o universidades israelíes en tanto que quienes participen en ellos no denuncien la ocupación y la política del Estado de Israel. En este sentido, lo más notable es el rechazo absoluto a cualquier tipo de contacto con la sede universitaria que está en Ariel, en una de las mayores colonias de Cisjordania, lo cual ya está bastante extendido. Insistimos siempre mucho en que el boicot académico no es un boicot contra las personas, es un boicot contra las instituciones. No nos negamos a compartir nuestros proyectos de investigación o a dar clase con profesores que vengan de una universidad israelí, siempre y cuando denuncien la ocupación y la financiación no venga de sus universidades, ni ellos lo hagan como representantes del sistema universitario israelí, porque hasta ahora la universidad israelí no se ha distanciado de la política de los sucesivos gobiernos israelíes respecto a la ocupación de territorios, no la ha denunciado e incluso colabora con proyectos de investigación en campos como el armamentístico o el agrícola que tienen las colonias y la extensión de la ocupación como protagonistas.
Hay otro tipo de boicot muy importante, sobre todo por la trascendencia pública que tiene, que es el cultural y deportivo. Artistas, cantantes, cineastas… que rechazan actuar en Israel en tanto no cambie la política actual, algunos de cuyos testimonios recogemos en el libro: por ejemplo el del cineasta Ken Loach, el del antiguo líder de Pink Floyd, Roger Waters, el de escritores de renombre internacional que rechazan que sus libros se publiquen en grandes editoriales israelíes partícipes de lleno en el sistema de transmisión del sionismo como forma de conocimiento y visión del Estado de Israel, como por ejemplo Alice Walker, autora de El color púrpura, que explica por qué ella, que le encantaría que su obra estuviera traducida al hebreo, no va a aceptar que se publique en esas condiciones, o Naomi Klein detallando por qué eligió una editorial comprometida con el BDS. Continuamente se ponen en marcha distintas campañas y llamamientos que se pueden ir siguiendo en internet a través de la página del movimiento BDS.
El boicot es una primera parte de las siglas BDS, que también acogen las desinversiones, algo más difícil de organizar en primera instancia porque se dirige a las decisiones financieras de Estados, organizaciones y empresas. Pero también en este sentido ha habido importantes avances. Hace diez años era imposible pensar que bancos como, por ejemplo, PGGM, una de las principales cajas de ahorro de Holanda, fueran a retirar sus inversiones de bancos israelíes, y sin embargo ha sucedido tras presiones de sus accionistas en coordinación con la campaña BDS. Otra cosa que ha sido muy importante, y que, como nos recuerda Aitor Hernández Carr en el libro, es un gran logro, es que en el nuevo programa marco I+D de la Unión Europea, que llega hasta el año 2020, llamado ‘Horizon 2020’, se haya introducido una cláusula específica en la que se exige que todos los convenios científicos que se hagan con Israel tienen que dejar claro que no va a haber relación con ningún tipo de instituciones u organismos israelíes en los Territorios Ocupados. Hay que decir que de forma global Israel es el primer beneficiario de los fondos de I+D de la Unión Europea, por encima de España o de cualquier otro Estado de la Unión, porque colabora como socio igualitario en multitud de proyectos de toda la Unión. Así que las cuestiones académicas no son solo de boicot, como se ve, también este tipo de desinversión económica es fundamental.
Las sanciones, tercera parte de la sigla BDS, son una herramienta jurídica indispensable y ahí el papel de los políticos profesionales es fundamental, pues en ellos recae en última instancia la presión para actuar a través de la legalidad internacional. Hasta ahora las sanciones a Israel por su incumplimiento sistemático del derecho internacional no han existido, por más que se hayan puesto en marcha campañas que, sobre todo, han dado a conocer a la opinión pública lo que está sucediendo, como la sentencia no vinculante del Tribunal de la Haya sobre la ilegalidad del Muro de Cisjordania o los procesos judiciales abiertos en Europa, incluida España, contra algunos militares israelíes por su implicación en la operación ‘Plomo fundido’. Las sanciones por el incumplimiento de la legalidad internacional sería el tercer eslabón de esta cadena BDS. Yo creo que hay que ser optimistas porque del boicot inicial hemos llegado a las desinversiones, que están empezando a funcionar. ¿Llegaremos a las sanciones? Para ello es importante también ver qué va a suceder con la Autoridad Nacional, hacia dónde va a ir. ¿Realmente va a buscar su futuro en implicarse en todos los organismos internacionales y en poner en marcha las posibilidades que tiene en la actualidad al haber sido reconocida Palestina como Estado observador dentro de la Asamblea General de Naciones Unidas, o va a seguir en este juego de “amagar y no dar” que no tiene futuro?
El boicot fue una herramienta fundamental para acabar con el apartheid en Sudáfrica, gran referente y motivador de esta acción para acabar con la ocupación y el apartheid israelí. Ambas situaciones, de ello se habla en el libro, tienen sus diferencias y sus muchas semejanzas, ¿cuáles son las diferencias de seguimiento y fuerza del BDS a Israel a día de hoy comparadas con el BDS a Sudáfrica en su momento de máximo apogeo? ¿Cuán lejos está una acción de lo que logró la otra?
A nivel de apoyo internacional estamos desde luego muy lejos todavía, pero también hay que decir que hemos ido mucho más deprisa que en la experiencia de Sudáfrica. En ese caso pasaron veinticinco, treinta años, hasta llegar a un consenso internacional sobre la necesidad de acabar con el apartheid y la importancia del boicot para que eso sucediera. Ahora se cumplen diez años desde que en 2004 se lanzó la campaña BDS, en Ramallah. Su comité de coordinación está en contacto y trabaja de forma fluida con los líderes del boicot sudafricano. El BDS es una campaña que aprende de lo que pasó en Sudáfrica pero que también ve las diferencias y se distancia de la mera copia de modelos de manera acrítica. En Sudáfrica la caída del régimen del apartheid se debió fundamentalmente a una cuestión económica. El apartheid ya no era rentable y, al no serlo, desde dentro de la propia sociedad sudafricana blanca se consideró, llegado un momento, que aquello tenía que acabar. Esta situación no es exactamente igual en el caso de Israel. Sí es muy importante que la sociedad israelí se dé cuenta de que la situación actual no se puede mantener, de que esta política de aniquilación del pueblo palestino y de absorción de todos sus recursos, incluido el territorio, no tiene futuro, no tiene posibilidades, que la población palestina está ahí, que los palestinos no se van a marchar y que la comunidad internacional ya no es como en el año 1948, que pudo ignorar la limpieza étnica de entonces. El fin del apartheid y de la ocupación –y de esto hablan en el libro [el profesor de sociología] Ran Greenstein, que es sudafricano, y [el economista] Shir Hever, que es israelí– no será tanto una cuestión económica como política, no será sólo el ahogo económico el que haga cambiar a los israelíes de dentro sino tal vez algo así como el ahogo identitario, el ahogo, fruto entre otras cosas de la presión internacional, por la imagen en negativo de la historia del Estado de Israel, de lo que quiso ser y del futuro que le aguarda como Estado paria. Hay otro factor también muy importante que distingue el BDS por Palestina del caso del boicot sudafricano, y en el libro hay varias intervenciones en este sentido, con artículos en relación con el movimiento sindical europeo, la lucha altermundista en la India o la industria penitenciaria en Estados Unidos.
Se trata de la complicidad del BDS con otros movimientos locales de carácter alternativo, movimientos de reivindicación de nuevas políticas y del fin de determinadas prácticas económicas. Eso es algo importantísimo, el carácter interseccional de la lucha del BDS con otras luchas y otras reivindicaciones que se están produciendo ahora mismo en el resto del mundo. Desde mi punto de vista, en buena medida es donde se juega su futuro el BDS. Si se consigue aunar estas luchas y mostrar cómo la batalla por la justicia tiene que ser transversal, que no puede quedarse localizada en un espacio, en una historia, en una causa cerrada, por más que la de Palestina en el año 2014, sino reclamar que la justicia o es universal o no lo es, en palabras de Raji Sourani, eso hará que el BDS siga adelante con más fuerza y que más bien antes que después veamos resultados.
Estás particularmente involucrada dentro de la vertiente académica del BDS. ¿Cuál es su situación a día de hoy? ¿Qué grado de adhesión ha logrado entre la comunidad universitaria y qué queda por lograr en ese ámbito?
Nos queda mucho, por supuesto, pero también hemos avanzado bastante deprisa en el último año. A nivel estatal los profesores universitarios de las distintas comunidades autónomas nos organizamos en el año 2011 en la Plataforma Estatal por el Boicot Académico a Israel. Este año en el mes de febrero hemos lanzado una campaña de recogida de firmas en apoyo del manifiesto del BDS Académico y, para nuestra sorpresa, en muy pocas semanas hemos recogido ochocientas firmas de profesores, casi cuatro mil de estudiantes y cien de personal de administración y servicios y, sobre todo, hemos conseguido que poco a poco sea una cuestión que pase a discutirse en los órganos administrativos de las universidades, en los departamentos, las facultades y los sindicatos. Hemos descubierto que el apoyo, cuando se empieza a explicar el sentido del BDS y cuáles son los objetivos, es mucho mayor del que esperábamos. Estamos acabando de perfilar para el día 15 de mayo, el día de la Nakba [conmemoración de la “catástrofe” de la limpieza étnica de Palestina], la presentación de la campaña y de los apoyos que ha recibido a los responsables de política universitaria de las distintas administraciones, así como las actuaciones que solicitamos de ellos, en consonancia lo que he comentado a propósito de la campaña general de boicot académico. Por otra parte, a modo de ejemplo práctico de una reciente actuación de BDS académico, los compañeros de la Universidad de Vic han lanzado la campaña “Complicitats que maten” en la que denuncian el convenio que ha firmado la universidad con el Instituto Technion de Israel, que bajo el paraguas de la cooperación científico-médica encubre el reconocimiento de una institución que colabora directamente al mantenimiento de la ocupación.
También existe una red de boicot académico coordinada a nivel europeo, la EPACBI, en la que estamos integrados, y al mismo tiempo estamos en estrecho contacto con lo que está pasando en Estados Unidos, pues en el último año el BDS académico se ha extendido allí de una manera impensable. Si en Estados Unidos, donde la presión de los intereses de Israel es fortísima, ha sido posible que la mayor asociación de académica del país, la American Studies Association, haya apoyado el boicot, creemos que en España, donde el movimiento de solidaridad con Palestina tiene un largo recorrido, se puede llegar a conseguir que el boicot sea algo generalizado dentro del mundo universitario. Creo que la universidad será, y así debería ser, uno de los primeros espacios de generalización del BDS.
Y en esos contactos persona a persona, compañero a compañera, ¿cuáles son los mayores prejuicios a los que se enfrenta la campaña BDS a la hora de sumar compromisos?
Yo diría que el desconocimiento. No es tanto la animadversión ideológica hacia lo que implica un boicot o las posiciones políticas de cada uno, sino el desconocimiento de la historia de Palestina e Israel por un lado, y el desconocimiento de la legislación internacional por otro; y también el desconocimiento, en general, de la pluralidad y de la vitalidad de la sociedad palestina. Se conocen, para bien o para mal, los estereotipos sobre Israel como representante del pueblo judío, los milagros que se han producido con la fundación del Estado “en una tierra sin gente”, “el desierto que florece”, “la única democracia de Oriente Medio”… Toda esa publicidad, la marca Israel que es muy potente y que no se ha visto contrarrestada por el lado palestino. Por un lado está esta ignorancia. Cuando se rompe con la barrera de la ignorancia, cuando se empieza a entender lo que pasa… sobre todo en el mundo universitario, en que, además, cada uno tiene su especialidad. Lo que decíamos de la transversalidad es fácilmente aplicable a la universidad, pues hay que mostrar que la ocupación y el apartheid no es solamente una cuestión política, histórica o social, sino arquitectónica, agroalimentaria o médica, por poner algunos ejemplos. Si a cada uno se le explica con lo que le resulta más cercano, las barreras empiezan a romperse. Boca a boca, persona a persona, sí, pero vuelvo a decir lo que comentaba al comienzo sobre la lógica del BDS: la política ahora no tiene otra vía, la forma clásica, vertical, ha caducado, ya no sólo en Israel y Palestina, sino un poco en todas partes, como estamos viendo con la crisis a todos los niveles en Europa, por no ir más lejos.
Scarlett Johansson y su affaire con Oxfam y SodaStream han dado un impulso publicitario quizá más que efectivo al BDS. La administración Netanyahu parece haberse puesto algo nerviosa, incluso recibió una advertencia al respecto de John Kerry. ¿Empieza a inquietar el BDS a la administración israelí? ¿Hay ya un contraataque específico más allá de la rutinaria hasbara [propaganda]?
Sí, claro que sí. De hecho ya está tramitada en el Parlamento israelí la ley antiboicot que va a convertir en criminal, y se le va a poder perseguir por la vía penal, a cualquier ciudadano que apoye la campaña BDS. Pero si el gobierno israelí no respondiera y no reaccionara, es que no estaría funcionando el BDS. Así que el BDS va por el buen camino. Pero eso también está haciendo que dentro de la propia sociedad israelí empiece a haber personas que se replantean qué es el BDS, que empiezan a considerar que puede ser una estrategia útil para salvar, precisamente por propio interés, Israel como sociedad democrática y Estado de derecho, o que por lo menos pueda serlo. En el libro recogemos un artículo de Gideon Levy, uno de los más importantes periodistas israelíes, en el que públicamente manifiesta su apoyo al BDS y explica cómo lo hace por una cuestión egoísta y de interés como israelí y como judío, por el bien del Estado de Israel. Hay que reconocer el coraje que hay que tener para hacer esto dado el carácter tribal, como él mismo dice, de la sociedad israelí. Apoyar públicamente el BDS supone romper la última frontera y salirse por completo de la tribu. Pero que el gobierno de Israel esté empezando a plantearse políticas concretas, no sólo esta legislativa que hemos mencionado sino también políticas de hasbara específicas contra el BDS con consignas a sus embajadas, significa que el BDS funciona y que es una estrategia adecuada. El propio movimiento creará sus mecanismos de respuesta e irá reaccionando. Está bien que sea así, pues el BDS no es algo estanco, monolítico, el BDS siempre está en marcha.
Un libro sobre la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones contra la política de ocupación ilegal de territorios y el apartheid de la población palestina ejercidos por los gobiernos del Estado israelí. Una campaña cívica de alcance mundial que, al igual que la llevada a cabo contra el apartheid sudafricano, se propone acabar con las desastrosas políticas contrarias a los derechos humanos fundamentales de los sucesivos gobiernos israelíes con la complicidad de las grandes potencias.
En edición de Luz Gómez, con la participación, por orden alfabético de Frank Barat, Omar Barghouti, Ramzy Baroud, John Berger, Judith Butler, Angela Davis, Richard Falk, Daniel Gil, Luz Gómez, Héctor Grad, Ran Greenstein, Aitor Hernández, Stéphane Hessel, Shir Hever, Ayesha Kidwai, Naomi Klein, Gideon Levy, Ken Loach, Haneen Maikey, José Luis Moragues, Ilan Pappé, Prabir Purkayastha, Raji Sourani, Magali Thill, Desmond Tutu, Alice Walker, Roger Waters y Slavoj Žižek.
Presentación de Luz Gómez (editora)
Libro BDS por Palestina. El boicot a la ocupación y el apartheid israelíes, editado por Luz Gómez. Colección Disenso.
El llamamiento de la sociedad palestina al Boicot, Desinversión y Sanciones contra Israel (2005) se halla en un punto de inflexión. A la vez que la ocupación y el apartheid se han ido agudizando en estos años, se ha consolidado la campaña internacional para presionar a Israel a través del boicot económico, académico y cultural. La Operación Plomo Fundido contra Gaza del invierno de 2008-2009 y la parálisis de la Autoridad Nacional Palestina han hecho posible el cambio de mentalidad en la solidaridad con Palestina. La sociedad civil internacional ha respondido al llamamiento palestino. El BDS se ha convertido en un instrumento eficaz de movilización social y presión política contra la permisividad de los Gobiernos con la ocupación y el apartheid israelíes. El avance del BDS supone la recuperación de una forma de entender la política y la solidaridad ya practicada contra el apartheid de Sudáfrica, pero arrinconada con el triunfo voraz del neoliberalismo en los últimos veinticinco años.
Lejos de avanzar en una solución que dé respuesta a los derechos de los palestinos reconocidos por Naciones Unidas, Israel ha seguido incumpliendo de forma sistemática todas sus obligaciones como potencia ocupante y como Estado de derecho para todos sus ciudadanos, incluidos los israelíes no judíos. El desprecio a las resoluciones de la ONU ha llegado al punto de que han dejado de ser la referencia en las llamadas «conversaciones de paz». Más colonias, más apartheid, más represión y violencia viene siendo la respuesta israelí a todo intento negociador. A esta realidad oficial se opone la petición de justicia y dignidad, objetivo del movimiento BDS. Sus medios, sean el boicot, las desinversiones económicas o las sanciones internacionales, no son un fin en sí mismos, sino que su verdadero fin es que se acabe el BDS: si el BDS triunfa, está condenado a desaparecer.
No ha llegado aún ese momento, pero sí está claro que ya no hay marcha atrás. Hace diez años la comunidad universitaria occidental acogió con cierta condescendencia el llamamiento al boicot académico de la Campaña Palestina para el Boicot Académico y Cultural a Israel (PACBI), pero a finales de 2013 varios sindicatos universitarios y asociaciones científicas, incluida la poderosa American Studies Association, han dado su apoyo expreso al BDS. Hace cinco años, antes de la guerra de Gaza, ninguna caja de ahorros, y menos aún holandesa, hubiera pensado en retirar sus inversiones en los bancos israelíes por operar indistintamente en Israel y los territorios ocupados; PGGM lo ha hecho en 2013 invocando su «responsabilidad social». Hace tan solo dos años era inimaginable que Alemania, como anunció su Gobierno en enero de 2014, bloqueara su financiación a instituciones y empresas ubicadas en las colonias de Cisjordania y Jerusalén Oriental. Es más, hace apenas un año el boicot era un tema tabú en los grandes medios de comunicación occidentales. El affaireScarlett Johansson/Oxfam, denunciado masivamente en las redes sociales, ha acabado arrastrando a la prensa y la televisión al debate, y ha popularizado el BDS. Hasta el secretario de Estado de EE. UU., John Kerry, ha avisado a Israel de que el boicot será imparable si no se presta al acuerdo en la enésima ronda de negociaciones de paz.
Este libro presenta colaboraciones que reflejan, desde distintas perspectivas, las «formas de desposesión polivalentes» de la ocupación israelí de Palestina. Nuestra pretensión ha sido no solo contar la historia, el sentido y las prácticas del movimiento BDS, sino mostrar además el carácter transversal de la lucha por la justicia en Palestina, que el BDS vehicula. Es un libro con análisis, reflexiones y testimonios de autores palestinos e israelíes, pero también europeos, norteamericanos, sudafricanos e indios, y ha sido posible gracias a la colaboración desinteresada de todos ellos. Algunas contribuciones han aparecido con anterioridad en publicaciones digitales o en otras lenguas, como se recoge en el apartado de créditos.
Distintas personas han contribuido de un modo u otro a este proyecto. No podemos dejar de mencionar a Jorge Gimeno, que vio su necesidad cuando nada parecía hacerlo viable, e insistió en ella. Y, sobre todo, a los compañeros de Autónom@s por Palestina, el grupo BDS de la Universidad Autónoma de Madrid, que tiene la suerte de contar entre sus miembros con Héctor Grad, Laura Galián y Fernando García Burillo. Sin todos ellos el libro no hubiera salido adelante.
La lucha contra el racismo y la segregación no conoce fronteras ni excepciones históricas. La justicia, como dice siempre Raji Sourani, o es universal o no existe. Para recordarlo y que se cumpla en Palestina, el BDS está en marcha.
Libro BDS por Palestina. El boicot a la ocupación y el apartheid israelíes. Colección Disenso, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.