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  • El fantasma sudafricano recorre Israel

    El fantasma sudafricano recorre Israel

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    María Landi

    Al celebrar sus 10 años de existencia, el movimiento palestino y global de BDS se ha convertido en el nuevo enemigo del régimen sionista.
    BDS
    El próximo 9 de julio, la campaña palestina de BDS cumplirá 10 años.

    El escándalo de corrupción que estalló en el reciente Congreso de la FIFA le restó visibilidad a otra polémica desatada en la reunión: la solicitud formal de la Federación de Fútbol Palestina de suspender a Israel por violar la normativa de la FIFA al encarcelar, mutilar y matar a futbolistas palestinos y negarles la libertad de movimiento en su territorio.

    La iniciativa había generado una importante campaña internacional de presión sobre la FIFA (“Tarjeta roja para el apartheid”), que ocupó espacios incluso en los medios masivos. Cerca de 20 000 personas –incluyendo conocidas personalidades, artistas e intelectuales– habían adherido a la campaña, imitando la primera iniciativa de boicot internacional que se realizó contra la Sudáfrica del apartheid. Además, organizaciones internacionales convocaron a protestar en Zúrich ante la sede del 65º Congreso de la FIFA.

    De ahí que la frustración de la sociedad civil palestina y sus aliados en el mundo fuera grande cuando en el último minuto, cediendo una vez más a la presión de Israel y sus cómplices, el representante palestino de la ANP en la FIFA, Jibril Rajoub, retirara la solicitud a cambio de vagas promesas de mejora que, como todos saben, Israel no va a cumplir.

    Pero si bien esta vez Israel ‘zafó’, no le va tan bien en su millonario empeño por detener la creciente y exitosa campaña mundial de boicot, desinversión y sanciones (BDS). Aun los más incrédulos han tenido que admitir ese avance, no solo por sus éxitos notorios , sino también por la preocupación que suscita en las más altas esferas del gobierno israelí.

    Guerra frontal al BDS

    Lanzado en 2005 por la mayor coalición de la sociedad civil palestina, el BDS pide el fin de la ocupación israelí de 1967, el fin de la discriminación racial institucionalizada (que se ajusta a la definición de apartheid de Naciones Unidas) y el derecho al retorno de los refugiados palestinos desarraigados y desposeídos en 1948. Se trata de una medida pacífica que busca presionar para generar un cambio efectivo, ante la sistemática negativa de Israel a acatar las resoluciones de la ONU.

    La campaña fue iniciada al cumplirse –el 9 de julio de 2005– el primer aniversario del dictamen de la Corte Internacional de Justicia que declaró ilegales el Muro y todo el sistema asociado de ocupación y colonización israelíes, y llamó a los miembros de la ONU a tomar medidas para ponerles fin. La falta de voluntad política de la comunidad internacional llevó a la sociedad civil palestina a convocar a sus pares de todo el mundo, siguiendo el ejemplo del movimiento que puso fin al apartheid en Sudáfrica. Al celebrar su 10º aniversario, el BDS puede jactarse de estar ganando la batalla de la opinión pública.

    En efecto, de ignorado durante años, el BDS pasó a ser un asunto de Estado en Israel. El año pasado, en su discurso ante AIPAC (el poderoso lobby judío norteamericano) Netanyahu nombró 18 veces al BDS. El Presidente, el Parlamento y el flamante gabinete del nuevo gobierno de Netanyahu –el más extremista de toda la historia del país– han calificado a la campaña de boicot como “amenaza existencial y estratégica”. Netanyahu encargó a Gilad Erdan, nuevo ministro de Asuntos Estratégicos y Diplomacia, el cometido especial de combatir al BDS, asignándole un presupuesto adicional a las ya millonarias sumas que el país invierte en su industria de propaganda (hasbará). Sin contar los 50 millones de dólares comprometidos a principios de junio por varios magnates judío-norteamericanos como Sheldon Adelson y Haim Saban en una reunión celebrada en Las Vegas para discutir y financiar estrategias de combate al BDS en las universidades del país.

    Por otro lado, este mes la Suprema Corte de Israel ratificó la ley –fuertemente criticada por su carácter antidemocrático– que criminaliza a quienes inciten o adhieran al boicot. Es decir, los israelíes pueden boicotear –y de hecho lo hacen– productos turcos, tapados de piel animal o comida no kosher, pero no los productos de las colonias. Como escribió el periodista Noam Sheizaf, “hoy en Israel se puede boicotear cualquier cosa, excepto la ocupación”.

    La cuestión es cuánto dinero será necesario para frenar la bola de nieve en que se ha convertido la campaña de BDS. Desde que en 2013 Stephen Hawking canceló un viaje a Israel adhiriendo públicamente al boicot académico, los éxitos han ido en aumento. Recientemente, la Unión Nacional de Estudiantes británica (que agrupa a 600 gremios) se sumó al BDS, siguiendo los pasos de unos 700 artistas de ese país que en febrero adhirieron al boicot cultural. Y en mayo, más de 300 investigadores y docentes belgas se unieron al boicot académico.

    En el mismo EE. UU., asociaciones académicas, prestigiosas universidades, iglesias cristianas y hasta organizaciones judías vienen cuestionando con fuerza las políticas israelíes y aprobando mociones de boicot o de retiro de inversiones en empresas israelíes o multinacionales que lucran con la ocupación. En Europa han hecho lo mismo importantes fondos de pensiones, con pérdidas millonarias para los bancos israelíes; varios ayuntamientos cancelaron contratos con empresas multinacionales involucradas con la ocupación, y tiendas y supermercados han retirado productos israelíes fabricados en territorio ocupado.

    Varias compañías ya vienen sintiendo el impacto del boicot y han empezado a cerrar sus negocios o a anunciar su retiro de Israel. Así lo han hecho la británica G4S y las francesas Veolia y Orange. Aunque aún está por verse si esos anuncios se materializan, es indiscutible que “el movimiento BDS ha mostrado que debe pagarse un precio por la participación israelí en la colonización de los territorios palestinos”, como declaró Mahmud Nawayaa, coordinador del Comité Nacional Palestino del BDS.

    El año pasado la campaña alcanzó un pico importante cuando firmar un contrato publicitario con la empresa israelí SodaStream (ubicada en Jerusalén Este ocupada) le costó a la actriz Scarlett Johansson su puesto como embajadora de Oxfam. Pero mayor fue el precio pagado por la misma SodaStream, que vio desplomarse sus acciones y terminó anunciando el traslado de su planta al desierto del Negev. En situación similar se encuentra la empresa Ahava que produce cosméticos en una colonia ubicada en la parte ocupada del Mar Muerto, y que es objeto desde hace años de la campaña de boicot “Belleza robada”. Este mes se supo que Ahava está considerando trasladar su planta para frenar las pérdidas que sufre cada año como consecuencia del boicot.

    Las directivas tomadas por la Unión Europea en 2013 ya están afectando exportaciones agrícolas de las colonias ubicadas en el Valle del Jordán palestino. La situación amenaza agravarse con nuevas disposiciones anunciadas por el bloque que obligarían a etiquetar los productos provenientes del territorio ocupado, prohibiendo que se exporten como “Made in Israel”.

    Los gobiernos y empresas que toman medidas de presión hacia Israel no lo hacen impulsados por códigos éticos, sino cediendo a la presión de consumidores y electores. Fue muy claro en el caso de la francesa Orange, después que su rama israelí, además de operar en las colonias, apareció patrocinando directamente unidades militares que participaron en el último ataque a Gaza. Esto no hace sino demostrar la fuerza del boicot como herramienta que está en las manos de ciudadanas y ciudadanos comunes.

    La preocupación que estas semanas ha llenado los titulares de los medios israelíes no es exagerada. El Financial Times reseñó un informe filtrado del gobierno israelí donde se estima que el BDS podría costarle a su economía unos 1400 millones de dólares al año, principalmente por la caída de exportaciones de las colonias si se concretara el etiquetado anunciado por la Unión Europea. Sin embargo un estudio de la estadounidense Rand Corporation afirma que las pérdidas serían más de tres veces superiores, llegando a unos 47 000 millones de dólares en 10 años.

    Cavándose su propia fosa

    Es indudable que el nuevo gobierno fascista de Israel, y las declaraciones explícitas del gabinete sobre que hay que anexar directamente los territorios ocupados, han contribuido al acelerado avance del BDS. Como escribió Omar Barghouti en el New York Times: “Un Gobierno dirigido por un primer ministro que rechaza un Estado palestino, que convierte a los ciudadanos palestinos de Israel en el objetivo de sus comentarios racistas y cuyo aliado principal, el partido Hogar Judío, defiende la creación de bantustanes palestinos, hará muy difícil la defensa de Israel ante el tribunal de la opinión pública mundial”.

    El mismo Barak Obama (que ya tuvo un choque con Netanyahu cuando en marzo éste habló en el Congreso de EE.UU. contradiciendo la voluntad del presidente) declaró recientemente: “El mundo ya no cree que Israel sea serio acerca de los dos Estados”, recordando la afirmación de Netanyahu antes de las elecciones de marzo sobre que el Estado de Palestina no existirá mientras él sea primer ministro.

    La sociedad israelí, sin embargo, no puede entender las razones del creciente aislamiento internacional. Ante el avance del BDS, el establishment israelí reacciona de la única manera que sabe hacerlo: culpando a las víctimas. Mientras la clase política esgrime la gastada muletilla del “antisemitismo”, la Corte Suprema equipara a los partidarios del BDS con los que niegan el Holocausto, el ‘opositor liberal’ Yair Lapid dice que son los mismos que atacaron las Torres Gemelas y los medios masivos los comparan con Al Qaeda e ISIS, una encuesta reciente reveló que tres cuartas partes de la opinión pública israelí considera que “el mundo entero está contra nosotros”.

    Es el resultado inevitable de un narcisismo victimista inculcado desde el jardín de infantes, por el cual los israelíes se vuelven incapaces de sentir compasión por el sufrimiento palestino y de admitir que su país es en realidad el victimario. La violación sistemática del Derecho Internacional y de numerosas resoluciones de la ONU son irrelevantes para una sociedad educada en una ideología supremacista que le otorga derechos territoriales exclusivos derivados de un texto religioso.

    Solo unas pocas voces críticas –entre ellas, periodistas como Gideon Levy, Amira Hass, Dahlia Scheindlin, consideradas traidoras por la mayoría de la sociedad israelí– intentan inútilmente alertar a sus compatriotas sobre el derrotero suicida por el que se está llevando al país. Esas voces señalan que la incapacidad de la gente de preguntarse por las causas del boicot es coherente con la postura de su gobierno, para el cual todas las estrategias son válidas para acabar con el BDS… menos poner fin a la ocupación.

    ¿Y América Latina?

    Es indiscutible que los vientos del hemisferio Norte son apenas una brisa en nuestra región. De hecho Israel trata de aprovechar la relativa legitimidad que le queda por aquí avanzando distintas propuestas de normalización en los planos comercial, cultural y diplomático. Así, no solo gobiernos, sino también sindicatos, universidades, artistas, instituciones culturales y deportivas de América Latina aceptan de buen grado las ofertas de patrocinio, viajes, festivales, becas y cursos, desconociendo –por ignorancia o indiferencia– el llamado de la sociedad civil palestina a poner fin a las relaciones de normalidad con Israel.

    Sin embargo las cosas están empezando a cambiar, aunque lentamente. Brasil es el país que ofrece los mejores ejemplos de ello:

    • En agosto 2014, la presión de artistas participantes consiguió que la 31ª edición de la Bienal de São Paulo retirara el patrocinio de la embajada israelí.
    • En diciembre del mismo año, movimientos sociales y de solidaridad lograron que el gobierno de Rio Grande do Sul cancelara un importante acuerdo de cooperación con la empresa militar israelí Elbit Systems.
    • En mayo de este año, el gobierno brasileño anunció que no adjudicará a la empresa de seguridad israelí ISDS un contrato por 2200 millones de euros para las Olimpíadas de 2016 en Río de Janeiro.
    • Estos días los grandes medios brasileños están difundiendo la creciente campaña para que Caetano Veloso y Gilberto Gil cancelen su concierto en Israel; una presión que se ha vuelto internacional: el británico Roger Waters (ex líder de Pink Floyd y abanderado del boicot cultural) ya les escribió dos cartas públicas, y el obispo sudafricano Desmond Tutu (también partidario del BDS) les pidió que no actúen en Israel.

    En Argentina, 2013 fue un año significativo para el despegue del BDS:

    • El gobierno de la Provincia de Buenos Aires suspendió un acuerdo por 170 millones de dólares con la firma estatal israelí Mekorot, después de una campaña de sindicatos y grupos de derechos humanos que conectaron el apartheid del agua que Israel practica en Palestina con evidencia de que el proyecto perjudicaría a los consumidores argentinos.
    • Docentes universitarios de todo el país iniciaron una campaña de boicot académico que ya tiene más de 400 adhesiones.

    A nivel regional, las últimas Cumbres de la Sociedad Civil del MERCOSUR han aprobado en sus declaraciones finales la moción de suspender el tratado de libre comercio con Israel (el único que el bloque firmó con un país de fuera de la región). Pero aún no se han tomado medidas para pasar del discurso a la práctica.

    En cuanto al boicot cultural, en varios países de la región se ha hecho campaña contra la actuación de compañías israelíes o para pedir a nuestros artistas que no actúen en Israel. Hasta ahora los resultados han sido escasos, aunque es bueno señalar una campaña exitosa que pasó desapercibida: el año pasado, en pleno ataque sobre Gaza, la popular murga uruguaya Agarrate Catalina canceló su actuación en Tel Aviv; aunque no explicó las razones, se supo que lo hizo atendiendo a las fuertes presiones que recibió desde ambas orillas del Plata. Incluso Joaquín Sabina fue repudiado cuando actuó en tres países del Cono Sur por haberse negado a cancelar dos actuaciones previas en Israel.

    Más allá de los limitados alcances de estas iniciativas, el mensaje se está haciendo sentir con claridad: el precio de hacer negocios o mantener vínculos ‘normales’ con Israel es cada vez más alto. El fantasma de Sudáfrica está en la memoria de todos, y muchos sienten que es hora de marcar distancia, antes que sea demasiado tarde. Como expresó Omar Barghouti en una reciente entrevista: “Todavía no estamos allí, pero nuestro momento sudafricano está llegando”.

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    Con Omar Barghouti

    María Landi. Entrevista realizada al final de una charla reciente en el campo de refugiados de Aida (Belén, Cisjordania).

    María Landi: ¿Qué potencial y desafíos ve el movimiento BDS en América Latina?
    Omar Barghouti: Nosotros vemos a América Latina como una gran inspiración para las redes de derechos humanos y movimientos sociales en todo el mundo. También la vemos como una región clave para el trabajo de solidaridad con Palestina, dado el rápido aumento de la influencia de Israel en la región.

    Años atrás, esa influencia se limitaba mayormente a apoyar dictadores y escuadrones de la muerte, y a hacer el trabajo sucio para Estados Unidos en su patio trasero. Hoy, la influencia de Israel alcanza incluso a gobiernos que simbólicamente apoyan los derechos palestinos en Naciones Unidas y en todas partes, pero sin embargo no tienen problema en invertir cientos de millones de dólares para comprarle a Israel equipamiento militar y de seguridad que ha sido “testeado” en la población civil de Palestina y Líbano.

    El BDS en América Latina se ha vuelto más urgente que nunca. Tenemos que construir un movimiento de base que sea inclusivo, no sectario, opuesto a toda forma de racismo y discriminación y capaz de construir alianzas con otros movimientos de derechos humanos y por la justicia socio-económica en el continente.

    Las alianzas con movimientos que luchan por los derechos colectivos: indígenas, negros, mujeres, trabajadoras, campesinos, sin tierra, estudiantes, LGBTQ, ecologistas, teólogos de la liberación, etc., están en el foco de nuestra estrategia en construcción. El hecho de haber nombrado recientemente a un coordinador de campañas para América Latina es un indicador de la importancia que le damos a esa región.

    ML: ¿Qué espera el Comité Nacional Palestino de BDS de activistas y sociedad civil de América Latina?
    OB: Esperamos ver que las campañas estratégicas de BDS se desarrollen de manera efectiva en todo el continente, repitiendo victorias como la de Brasil contra Elbit Systems y aprendiendo de ella para obtener otras en el futuro cercano. Esperamos que se desafíe a Israel y sus cómplices y se les haga rendir cuentas, y que los movimientos sociales de América Latina trabajen junto al movimiento BDS para frenar la creciente militarización del continente.

    Nuestras hermanas y hermanos de América Latina conocen el apoyo que Israel le dio a todos y cada uno de los dictadores, y cómo ha entrenado y armado a los escuadrones de extrema-derecha y fuerzas de seguridad. Esa es la herencia de Israel en el continente. Por eso, la campaña de BDS es buena para los pueblos de América Latina tanto como lo es para el pueblo palestino.

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    Fuente: El fantasma sudafricano recorre Israel, María Landi (19/06/2015)

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  • El BDS funciona, también en EEUU

    El BDS funciona, también en EEUU

    Ho sentim, aquesta entrada està disponible només en Castellano.

    Anna Baltzer, coordinadora nacional de la US Campaign to End the Israeli Occupation, hace un excelente, exhaustivo e inspirador recorrido sobre el BDS. María Landi traduce y transcribe su ponencia en la ‘Conferencia internacional de gobiernos locales y organizaciones de la sociedad civil en apoyo a los derechos palestinos’ celebrada en el Parlamento de Andalucía en Sevilla los días 2 y 3 de diciembre de 2014.
    Anna Baltzer
    Anna Baltzer en el Parlamento de Andalucía en Sevilla / María Landi

    Es un honor estar aquí para hablar del movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) desde mi posición como Organizadora Nacional de la US Campaign to End the Israeli Occupation (campaña estadounidense para poner fin a la ocupación israelí), una coalición de más de 400 organizaciones que trabajan para poner fin a todas las formas de complicidad institucional con las políticas de ocupación y apartheid de Israel. Me gustaría comenzar aclarando que la mayor parte de mi presentación se centrará en el BDS en el contexto de Estados Unidos, simplemente porque esa es mi área de especialización, no porque crea que el trabajo allí es más importante o avanzado que en otros lugares; por el contrario, creo que en EEUU tenemos mucho que aprender de la efectividad de las campañas europeas y de otros lugares, lo cual es una de las razones por las que estoy tan contenta de estar hoy aquí con ustedes.

    Es difícil remarcar lo importante que ha sido el llamamiento del movimiento BDS para nuestro trabajo en los EEUU. El BDS ha transformado por completo al movimiento de solidaridad, poniendo la iniciativa de nuevo en manos de la gente común, y a los propios palestinos y palestinas como nuestro principal referente a la hora de rendir cuentas. El BDS ha desplazado el poder desde un supuesto “proceso de paz” impotente, dominado por las élites políticas, hacia un movimiento masivo de personas comunes y corrientes y de conciencia en todo el mundo.

    El año pasado, la Asamblea General de Naciones Unidas declaró a 2014 como Año Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino. En ese momento la Asamblea General no podía predecir que 2014 se convertiría en un año crucial, tanto en términos de la escalada de violencia israelí contra el pueblo palestino como de la creciente presión sobre Israel por parte de la sociedad civil internacional. Los monstruosos ataques israelíes sobre Gaza este verano, que dejaron un saldo de más de 2.200 hombres, mujeres, niños y niñas muertas —la mayoría de ellas civiles—, y la continua, implacable y violenta colonización de Cisjordania (incluyendo Jerusalén Este) no dejan lugar a dudas: no podemos esperar a que Israel cambie su conducta o a que su patrocinador, EEUU, entre en razón.

    Israel ha mantenido su accionar destructivo precisamente porque no tiene ningún incentivo para cambiar. El statu quo —el apoyo incondicional de EEUU y una comunidad internacional en última instancia pasiva— es totalmente favorable a Israel. El BDS tiene como objetivo crear dicho incentivo imponiendo una dura sanción al statu quo. Las Naciones Unidas fueron creadas para afirmar la dignidad y los derechos de todos los seres humanos. 2014 es el año para que quienes buscan un cambio duradero se unan en torno a estos nobles objetivos y retomen las riendas.

    Rendir cuentas ante los palestinos y palestinas

    Es fácil hacer declaraciones sobre la solidaridad, pero ¿qué significa la solidaridad en la práctica? Para mí, la característica fundamental de la solidaridad es el reconocimiento de que las y los oprimidos son los líderes de su propia lucha. Nuestra tarea, en el campo de la solidaridad, es entender por qué están luchando y respetar el papel que nos piden que juguemos.

    El llamamiento de 2005 al Boicot, la Desinversión y las Sanciones (BDS) —con un claro enfoque de derechos, una amplitud de tácticas que consideran los matices y contextos específicos y una amplia base de apoyo de la sociedad civil palestina— responde preguntas críticas sobre lo que significa realmente tener como referencia al pueblo palestino. Las personas de todo el mundo que están preocupadas por los derechos palestinos pueden ahora ver en el Comité Nacional de BDS un liderazgo palestino que trasciende las facciones políticas y recoge las sugerencias de la sociedad civil en su lucha por la libertad y la autodeterminación. Por lo tanto, uno de los éxitos más importantes del BDS ha sido poner las voces palestinas claramente en el centro de nuestro accionar y rendición de cuentas.

    De la simpatía a la acción: recuperar el poder

    El BDS no nos pide algo heroico: nos plantea la obligación moral básica de poner fin a nuestra propia complicidad con la opresión israelí; de no hacer el mal. Mientras que la oposición caracteriza al BDS como nefasto y temible, sabemos que el BDS es una herramienta no violenta para hacer frente a la violencia extrema de las políticas de ocupación y apartheid de Israel. El BDS utiliza tácticas bien probadas y de larga tradición en el legado del movimiento antiapartheid sudafricano y de otras luchas anticoloniales, antirracistas y de liberación.

    En su nivel más elemental, el BDS ha permitido a la gente pasar de las palabras bonitas y la simpatía por la causa palestina hacia acciones tangibles en forma de campañas. Nos ha devuelto la iniciativa para poner fin a toda forma de implicación propia en la agresión israelí. Esto es más significativo en el contexto de EEUU, teniendo en cuenta los miles de millones que le damos anualmente a Israel en forma de ayuda militar para perpetuar sus crímenes. Al exigirnos que llevemos a cabo campañas para poner fin a nuestra complicidad individual o institucional, el BDS hace dos cosas: por un lado, nos hace responsables; pero lo más importante, nos devuelve el poder. Ya no estamos esperando que el presidente Obama o el Congreso de EEUU o el gobierno israelí hagan el cambio: estamos forzando ese cambio, bajo el liderazgo del pueblo palestino. Y está funcionando; por primera vez en décadas, en EEUU la oposición se ve obligada a respondernos. Estamos a la ofensiva, y los tradicionales guardianes de Israel están a la defensiva.

    Cambiar el discurso

    Nuestro movimiento está definiendo cada vez más los términos de la discusión. Las campañas de BDS que se desarrollan en las principales instituciones religiosas, sindicatos, centros comerciales, campus universitarios y municipalidades han hecho que la pregunta fundamental ya no sea si Israel está cometiendo crímenes o no, sino: qué es lo que como sociedad civil vamos a hacer al respecto; o cuál es la mejor táctica para enfrentar esos crímenes.

    A medida que las resoluciones de BDS se ponen a votación en municipios, asambleas de las iglesias y gremios estudiantiles —y que los medios de comunicación hacen públicas esas votaciones—, el BDS está desafiando a las masas —que antes podían ignorar la agresión israelí— a que finalmente tomen partido. Estamos poniendo a Israel y su colonización, y a sus cómplices, bajo juicio. Permanecer neutral ya no es una opción: con el dinero de nuestros impuestos, matrículas o consumo, todos y todas estamos implicadas, y tenemos que decidir de qué lado estamos.

    El BDS es, sin duda, la herramienta educativa más eficaz que hemos encontrado en el contexto estadounidense. Esto se debe a que el BDS convierte un asunto internacional en algo local para las personas, no importa dónde vivan. El bloqueo de Gaza no es sólo algo entre palestinos e israelíes; su infraestructura es gestionada por la misma empresa, por ejemplo, a la cual usted le compró su computadora (como Hewlett Packard). Las demoliciones de casas y la tortura en las cárceles israelíes no sólo es obra de Israel; su iglesia o su universidad está implicada en esa destrucción y abusos a través de sus inversiones en empresas como Caterpillar y G4S. Las colonias no son algo que sucede en una tierra lejana: son el origen de los productos que llegan a nuestras tiendas y centros comerciales, y que tenemos la opción de comprar o no (como Sodastream). Esos abusos están siendo financiados con el dinero de nuestros impuestos, mientras los políticos sostienen que no tenemos suficiente para escuelas, servicios de salud adecuados y otros programas sociales. De repente, la ocupación es problema de todos; es algo con lo que todas nos involucramos diariamente. Eso ha sido siempre así, pero el BDS lo ha sacado a luz de la manera más brillante.

    Stop G4S
    Imagen de las protestas llevadas a cabo contra la empresa de seguridad G4S / StopG4S.net

    La reacción

    Al poner a la ocupación bajo juicio, estamos poniendo la causa palestina en el centro, construyendo nuestro movimiento y nuestro poder. Pero este poder creciente no ha pasado desapercibido. En 2006, el gobierno israelí lanzó una iniciativa multimillonaria llamada “Marca Israel”, creada para “mejorar la imagen del país en el extranjero, bajando el perfil de la religión y evitando cualquier discusión sobre el conflicto con los palestinos”. En lugar de defender la ocupación, la campaña pretende cambiar el tema de conversación, poniendo énfasis en los logros científicos y culturales de Israel, usando para ello cínicamente al mundo académico y artístico para encubrir sus crímenes de guerra. A fines de 2010, la Federación Judía de Norteamérica anunció que iba a financiar una multimillonaria “Red de Acción Israel” (Israel Action Network) con el objetivo principal de luchar contra las campañas de BDS. A principios de ese año, el Instituto Reut —un influyente think tank israelí— exhortó al gobierno a destinar recursos importantes para “atacar” y en lo posible “sabotear” al movimiento BDS y las campañas relacionadas. En EEUU, los apologistas de Israel han empleado innumerables tácticas de intimidación en los campus y en las iglesias para sofocar las campañas de desinversión. El Parlamento israelí aprobó una ley antiboicot que pretende imponer fuertes multas a las y los ciudadanos israelíes que llamen al boicot académico o económico como respuesta a la ocupación. Los esfuerzos de Israel para luchar contra el BDS también han sido militarizados por el ejército israelí, que opera una unidad de inteligencia de señal abierta para monitorear la actividad del BDS en las redes sociales.

    Los extremos a los que el gobierno de Israel y sus aliados están llegando para contrarrestar el BDS demuestran cuán poderoso se ha vuelto este movimiento global basado en los derechos humanos. Los proyectos para relanzar la marca Israel y desviar la atención de la política son necesarios precisamente porque la vieja imagen de Israel como un país víctima que busca la paz ya no es sostenible.

    En lugar de ceder ante las tácticas sucias de la oposición, el activismo por los derechos palestinos se ha vuelto aún más creativo y ambicioso.

    Victorias del BDS

    Presbiterian divest
    Asamblea de la Iglesia Presbiteriana de EEUU que aprobó desinvertir en compañías cómplices de la ocupación israelí. Detroit, junio 2014.

    En menos de 10 años desde el llamamiento al BDS, el movimiento se ha consolidado realmente como una fuerza a tener en cuenta. Hemos logrado hitos inimaginables hace un tiempo. La lista es larga y crece día a día, así que voy a nombrar sólo unos pocos ejemplos recientes. En el ámbito de la fe, este verano, poco antes de los monstruosos ataques de Israel contra Gaza, la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana de EEUU votó a favor de retirar sus inversiones de tres compañías estadounidenses involucradas en la ocupación israelí, convirtiéndose en la primera gran denominación protestante de EEUU en hacerlo. Por la misma época, la Iglesia Metodista Unida en todo el mundo retiró sus inversiones de la compañía de seguridad privada G4S debido a su papel en las cárceles israelíes. Hace dos años también desinvirtieron los cuáqueros y los menonitas de EEUU, mientras que muchas otras denominaciones están planeando tomar resoluciones de boicot y desinversión similares el año que viene.

    Quizás nada ilustra tan bien la creciente fuerza del movimiento BDS como la campaña de boicot a SodaStream, la empresa israelí de máquinas de soda casera fabricadas en una colonia ilegal en territorio ocupado. Hace un año, los activistas preparaban un día de acción global en decenas de ciudades de todo el mundo para boicotear a Sodastream durante la temporada de vacaciones. Cuando en enero pasado Sodastream anunció que la actriz de Hollywood y embajadora global de Oxfam Scarlett Johansson sería la nueva imagen de la marca SodaStream, activistas de todo el mundo se movilizaron, señalando la contradicción entre promover al mismo tiempo los derechos humanos y la ocupación. A raíz de la campaña de protestas, acciones, innumerables cartas y tácticas diversas en las redes sociales, que llegaron a millones de personas, Johansson se retiró de su papel como embajadora de Oxfam. Una victoria novedosa del BDS, que provocó una atención mediática sin precedentes y la vergüenza de la empresa. Poco después, Earth Day Network, una red que moviliza al movimiento ambientalista en 192 países, cortó sus lazos con la empresa. En mayo, el Director Ejecutivo de Sodastream anunció que las ganancias habían sufrido una caída en picada, de casi el 85%. Este verano, el multimillonario inversor George Soros retiró todas sus inversiones en la compañía, citando las directrices de la Unión Europea relativas a los productos de las colonias. Por último, hace apenas unas semanas, Sodastream anunció su intención de trasladar su fábrica de Cisjordania al Negev. Si Sodastream se traslada a las tierras arrebatadas a los beduinos palestinos, el boicot continuará. Este asunto nos da la oportunidad de demostrar que nuestro movimiento es moralmente coherente en su oposición a todas las formas de colonización corporativa. Y significa también un extraordinario suceso tras los esfuerzos sostenidos del BDS en los últimos años.

    Las comunidades locales también están desafiando con éxito contratos municipales con especuladores cómplices de la ocupación. Una campaña que marcó un hito en St. Louis, Missouri, reunió a defensores de los derechos palestinos, activistas ambientales, trabajadores, grupos contra la privatización y otros en la lucha para evitar que la ciudad hiciera un contrato sobre agua con Veolia, una multinacional francesa famosa por la destrucción del medio ambiente, los abusos laborales y el mantenimiento de las colonias israelíes. La empresa finalmente anunció su retiro de la licitación, en respuesta a la presión popular. Después de perder más de 16 millones de dólares en contratos en todo el mundo como resultado de tales campañas, Veolia vendió todas sus líneas de autobús en Israel/Palestina y recientemente anunció sus planes para poner fin a su presencia en Israel.

    Las campañas locales e internacionales también han apuntado a G4S, una empresa de seguridad privada con sede en el Reino Unido que gestiona las cárceles israelíes. Tras una presión mundial sostenida, y la decisión de la Fundación Bill y Melinda Gates de vender la todalidad de sus acciones en la compañía este verano, G4S anunció sus planes de retirarse de Israel. Mucho más allá de las victorias simbólicas, estos avances recientes indican que las campañas de BDS están teniendo consecuencias tangibles y económicas para Israel y sus cómplices, demostrando que la participación en la opresión israelí es insostenible y tiene un elevado costo. No puede haber más “business as usual” con el apartheid israelí.

    En la costa oeste de EEUU, activistas en ciudades como Oakland (California) han bloqueado con éxito la descarga de mercancías de Israel. También hay un nuevo panorama en el mundo académico y cultural. En completo rechazo a los esfuerzos desesperados de Israel por relanzar su imagen, un número creciente de asociaciones académicas se han sumado al boicot académico, mientras cada vez más y más artistas y actores están cancelando sus presentaciones en Israel y refrendando el boicot cultural como una forma de resistencia a la ‘normalización’ con un Estado canalla.

    También en el ámbito académico, hace cinco años, el Hampshire College se convirtió en la primera universidad de Estados Unidos en retirar sus inversiones de la ocupación israelí. Notable, en parte, porque también fue la primera universidad en desinvertir en la Sudáfrica del apartheid. Ahora, en 2014, nos resulta imposible mantener actualizado el número de universidades de EEUU que aprueban distintas resoluciones de desinversión. Parece que cada semana hay una nueva victoria.

    Conectar las luchas

    ferguson palestine
    De Ferguson a Palestina: Stop racismo / Carlos Latuff

    Una de las razones por las que los grupos estudiantiles de EEUU han tenido tanto éxito es porque colocan constantemente su trabajo por la justicia en Palestina en el contexto más amplio de la lucha contra el racismo y el colonialismo globales. Llegué ayer directamente de mi ciudad natal, St. Louis, y de la cercana Ferguson, en Missouri, que se han convertido en focos de tensión del movimiento estadounidense para enfrentar la brutalidad policial desde que en agosto la policía asesinó a Michael Brown, un joven negro de 18 años de edad, desarmado. En EEUU sabemos lo que significa un “sistema de castas raciales” que, en palabras del profesor palestino-americano Steve Tamari, “criminaliza el movimiento y las acciones de los afroamericanos (…) y perpetúa el aislamiento y la marginación de las comunidades negras estadounidenses”. La policía está matando a la gente de color por, literalmente, caminar por la calle, como en el caso de Brown. Las tasas de encarcelamiento de hombres negros en EEUU son superiores a las de Sudáfrica durante el apartheid. Ha sido bien demostrado que el tratamiento de los palestinos por parte de Israel se ajusta a —de hecho, supera— la definición del crimen de apartheid según Naciones Unidas. Recientemente, la ex Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos Navi Pillay también comparó la violencia en Ferguson a la que ella experimentó creciendo en Sudáfrica, y dijo: “en muchas partes de los Estados Unidos el apartheid está floreciendo”.

    La madre y el padre de Brown, junto a una delegación de St. Louis recientemente dieron testimonio ante la 53ª Sesión del Comité de Naciones Unidas contra la Tortura sobre el asesinato de Brown y la posterior brutalidad policial contra los manifestantes. He traído aquí copias de su informe. El Secretario General de la ONU Ban Ki-Moon pidió a los representantes de la ley que protejan los derechos de la población de Ferguson y de todas partes a manifestar pacíficamente. Sin embargo, apenas la semana pasada, nuestra comunidad ha sido testigo de otra escalada de represión policial con mazas, gas pimienta, gas lacrimógeno, balas de goma, porras y arrestos en masa tras el anuncio de que el asesino de Brown, Darren Wilson, no será llevado ante la justicia.

    En Ferguson la gente le está llamando a esto ‘su intifada’. El mismo gas lacrimógeno usado contra los palestinos que luchan por la libertad está siendo utilizado contra las personas que luchan por sus derechos en EEUU y en todas partes. Una fuerza policial predominantemente blanca ha levantado checkpoints, bloqueos de carreteras y distintos tipos de muros en las comunidades negras en toda el área de St. Louis y más allá. El estudiante de Derecho Dayo Olopade escribe que la situación en Ferguson es en esencia de ocupación: “Cuando los funcionarios tienen derecho a controlar tus movimientos, acciones y destino, no hay otra palabra (…) Cuando encima de eso, los ocupantes no se te parecen en nada y no son parte de tu comunidad, es mucho peor”. La gente está hacienda las conexiones entre la violencia israelí contra los palestinos y el fenómeno global del control policial militarizado en las comunidades de color.

    Conectar estas luchas —en Palestina, en Ferguson y en todo el mundo— es una cuestión de principios y de estrategia. Debemos oponernos al racismo en todas sus formas, no importa dónde ocurra; porque es lo que se debe hacer, y porque trabajando juntos somos más fuertes. El BDS ofrece enormes oportunidades para conectar nuestro trabajo. Corporaciones como G4S lucran con el complejo industrial de prisiones en todo el mundo, y deben ser enfrentadas por las comunidades marginadas en múltiples continentes y contextos. Juntos, podemos hacerles frente. Para citar a los manifestantes de Ferguson y a muchos antes que ellos: “La unión nos hace fuertes, la division nos mata” (“United we stand, divided we fall”). Las comunidades negras de St. Louis y Ferguson han apoyado las campañas de BDS lideradas por los palestinos durante muchos años, incluyendo la lucha contra Veolia. Sin ellos, no lo habríamos conseguido. Sería un mensaje poderoso que el Comité de la ONU para el ejercicio de los derechos inalienables del pueblo palestino y esta conferencia, como un cuerpo, emitieran una declaración de solidaridad con los manifestantes de Ferguson y contra la discriminación racial y la brutalidad policial. Esta petición viene directamente del pueblo de San Luis y de Ferguson que, como el palestino, están luchando en este mismo momento para que sus derechos humanos fundamentales y su dignidad sean respetados.

    Conclusión: un llamado a la Acción

    En conclusión, 2014 es el año de unir todos las luchas justas por la libertad y la igualdad, para afirmar la dignidad y los derechos de todas las personas, que es para lo que fueron creadas las Naciones Unidas. El BDS ofrece un modelo eficaz para ejercer una presión global sobre Israel, exigiendo que ponga fin a sus violaciones de los derechos palestinos y del derecho internacional. Ciertamente tenemos un largo camino por recorrer; pero ya los políticos israelíes, los altos dirigentes empresariales y los periodistas de los principales medios están diciendo que la única manera de detener al BDS y de evitar el creciente aislamiento de Israel es restablecer los derechos palestinos. En otras palabras, el BDS está funcionando.

    Ya no hay más excusas. Es hora de pasar de las declaraciones y la palabrería diplomática a la acción. La ONU declaró a 2014 el Año Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino. Pero usar la palabra solidaridad sin responder al reclamo proveniente de los mismos oprimidos de que pongamos fin a nuestra propia complicidad es irresponsable y paternalista. Es hora de que cada entidad que votó por el año de solidaridad —y aquellas que no lo hicieron, también— manifieste su solidaridad con acciones como el BDS. La no cooperación con Estados canallas no debería ser vista como una opción, sino como una obligación de aplicación inmediata por parte de gobiernos locales y municipales, tal como establece el derecho internacional. Poner fin a los contratos de organismos de la ONU con G4S podría ser un primer paso.

    Cada uno de nosotros y nosotras debemos responder al llamado de la manera que podamos: en los ayuntamientos y parlamentos, en los campus universitarios, en las comunidades de fe, a través de la acción jurídica, en el mundo empresarial, y más allá. Podemos elegir campañas que lleven la lucha de Palestina a nuestra casa, que nos ayuden a construir coaliciones efectivas, y que se puedan ganar. Hay un sinnúmero de tácticas para elegir, desde flash mobs a simulacros de juicios, desde referendos a hip hop, desde réplicas de muros hasta manifestaciones o conferencias como ésta. Que cada quien analice su propio contexto y dé el paso siguiente. No hay tiempo que perder. Unámonos todas y todos en este movimiento creciente y eficaz, bajo el liderazgo palestino, por la libertad, la justicia y la igualdad.

     

    Traducción del inglés y fuente: María Landi

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